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Profecías del cine que nos alcanzaron

Columna publicada en El Universal

Es abrumadora la cantidad de veces que la realidad supera a la ficción. El coronavirus ha despertado esa sensación más que nunca.

Cuántas veces vimos en una película futurista la amenaza de una pandemia y nos parecía una locura lejana. Y ya está aquí.

Imposible que al escribir estas líneas no me vengan a la mente otras historias como la de Children of men, dirigida por Alfonso Cuarón, en donde la humanidad empieza a ver desaparecer sus fronteras de forma abrumadora para los imperios y estos reaccionan enjaulando a los inmigrantes “ilegales” ¿Les suena? Cuando la vimos por primera vez en Venecia en 2006 era eso, una película de ciencia ficción.

Y hoy, de tanto que hemos escuchado estas historias de niños “ilegales” enjaulados por cruzar la frontera, han dejado de ser noticia.

Entrecomillo el término porque estoy de acuerdo en que ningún ser humano que pise otra tierra es ilegal.

En esta tesitura llega un filme a las pantallas que vuelve a estremecer la conciencia al ver lo bien que refleja la realidad.

Se trata de Waiting for the barbarians (Esperando a los bárbaros), basado en la novela homónima de J.M. Coetzee y dirigida por Ciro Guerra. Sí, el director colombiano al que también ha salpicado el #MeToo y cuyo estreno de esta cinta protagonizada por Johnny Depp y Robert Pattinson le llega en medio de la polémica y el desprestigio de ser catalogado como un presunto abusador sexual.

Recalco la presunción de este delito, pues aún no ha habido un juicio y hasta el momento todas las denuncias que acaban de salir a la luz hace escasas semanas se están investigando.

Independientemente a ello y en espera de que el peso de la justicia caiga en donde tenga que ser, la cinta merece la pena pues es una metáfora exacta de lo que ocurre en nuestras fronteras con Estados Unidos.

El filme habla del peligro de poner en la mente de las personas y de los ejércitos un enemigo imaginario, inexistente, que causa tanto temor y la gente se cree como real para acabar provocando las peores guerras, masacres y violencia pero que al mismo tiempo sirve para fortalecer al imperio que al medirse con ese enemigo que siente que controla se erija poderoso.

El año pasado, cuando esta cinta se estrenó en el Festival de Venecia, el propio Guerra me recalcó que esta historia, aunque se sitúe en otra época, es una historia de ahora y que el discurso xenófobo es siempre el mismo y responde a la idéntica y bárbara costumbre de sobrevivir de los imperios, de todos ellos.

Cuando Trump intenta culpar a los mexicanos de los contagios imparables de coronavirus en Texas hace este ejercicio, igual que Depp o Pattinson lo hacen al llegar a esa tierra que se sitúa precisamente en una frontera colonial imaginaria al borde del desierto y justo en el límite del imperio.

Y no son coincidencias, tampoco es que los escritores y directores sean videntes, sólo son personas que miran, indagan, escuchan, que vuelven a la Historia, sí, la Historia con H mayúscula que nos revela todo lo que fuimos y lo que, si no hemos aprendido la lección, volveremos a ser.

Aprender a saborear las películas

Columna publicada en El Universal

Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.

En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las películas nada más terminar de verlas.

Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión, un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando varias noches al final te hizo clic.

Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que si le puedo explicar por qué es tan buena.

Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del proceso de digerirla. La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el desconcierto al final.

Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.

Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo en las salas y tener la misma experiencia.

Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.

Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las historias nos toquen, nos cambien.

No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de entretener también es muy válida, pero que no son comparables.

Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.

Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.

Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.

Inmunidad a la venta

Columna publicada en El Universal

En los últimos días, los mensajes que nos llegan más allá de la pandemia son de una profunda crisis de valores que lleva décadas calando profundo en la sociedad norteamericana pero que encontró terreno fértil para hacerse patente en los tiempos en los que todo parece ser permitido, pues aquello de que nadie está sobre la ley no se ha cumplido en la actual América de las libertades cada vez más atropelladas por el mandatario estadounidense cuya inmunidad se ha blindado.

Para darle una nueva bofetada al sistema Netflix acaba de lanzar el documental Jeffrey Epstein: Filthy Rich, en donde en cuatro episodios se puede ver la trama de abuso a menores, tráfico de adolescentes y otras tantas aberraciones que un billonario carismático logró hacer durante décadas y ante las que las más altas esferas del mundo cerraron los ojos.

Sí, Epstein era un pedófilo, un manipulador y un criminal pero también era billonario, amigo de los Clinton, de Trump o del príncipe Andrés de York entre otros nombres de élite que lo protegieron hasta que las evidencias hicieron imposible que siguiera impune y entonces fue encarcelado en una prisión de máxima seguridad en la que se suicidó.

Hay muchas evidencias que apuntan a que el suicidio fue en realidad un asesinato para evitar que otros poderosos cayeran, si a Epstein se le ocurría hablar, así que el meollo del asunto está en la ira que produce comprobar que la inmunidad sí se puede comprar.

En esa misma tesitura está la indignación que ha generado la muerte del afroamericano George Floyd por la brutalidad de un policía blanco.

Parecería un tema aislado al de Epstein pero no lo es, pues estas muertes repetidas de afroamericanos a manos de fuerzas blancas son una epidemia y un síntoma de lo que se esconde en esta sociedad en donde los más vulnerables siempre son los más desfavorecidos y en donde el discurso reinante es que está bien saltarse las normas porque al final, el que más tiene, gana.

Y si ha habido un medio que ha mostrado este racismo que no es políticamente correcto reconocer pero que se respira en todos los ámbitos de la vida estadounidense ha sido el cinematográfico.

Sin embargo, pese a que se han hecho grandes películas que denuncian estos abusos magistralmente Hollywood también ha sido parte de este cáncer que carcome a la sociedad y por ello no debe extrañar que, aunque haya muchos famosos que desde sus redes sociales se manifiesten en contra de lo ocurrido o pongan sus perfiles en negro, sus colegas les repliquen con otro tuit preguntando qué más van a hacer para terminar con el racismo.

Algunos como Jane Fonda ya se han puesto manos a la obra movilizando sus influencias, otros como Steve Carrell o Cynthia Nixon han pagado las fianzas de los manifestantes encarcelados.

Pero la pregunta desesperada que aún está sin responder es, ¿qué más vamos a hacer, como sociedad y personas? La única respuesta que parece unánime y no discrimina es: votar.

Cultura en tiempos de pandemia

Columna publicada en El Universal

¿Qué pasaría si no hubiera música, películas, libros y arte a los cuales recurrir en estos días de cuarentena?, es una pregunta que he visto circular constantemente por las redes sociales.

No puedo imaginarme un encierro como el que estamos viviendo sin esos escapes. Y, sin embargo, aún se sigue poniendo en tela de juicio la importancia de no dejar que la cultura muera, de rescatar las salas de cine que posiblemente cerrarán en muchas ciudades del mundo y de lo fundamental de las ayudas para no asfixiar a nuestros artistas, esas personas que nos regalan la posibilidad de explorar otros mundos, de visitar distintas realidades y lo más importante, de reflexionar.

Hace unas semanas el cineasta británico Christopher Nolan, director de Dunkirk, le escribió una carta al Congreso de Estados Unidos en la que le imploraba que no dejara de ayudar a la industria cinematográfica más potente del mundo.

“Cuando esta crisis pase, la necesidad de la participación colectiva humana, la necesidad de vivir, amar, reír y llorar juntos, será más poderosa que nunca”, apuntaba en la carta abierta que le publicó el diario The Washington Post.

Y es que es en los momentos de crisis como éstos en donde lo esencial empieza a dejar de ser invisible y se manifiesta con claridad ante nuestros ojos. Como la gran necesidad de mantener vivo al periodismo objetivo, veraz y ético. De contar con fuentes, cronistas y buscadores de la realidad que nos transmitan lo que está pasando sin filtros políticos o económicos, en dónde la profesión vuelve a recobrar su pulso vital tan desgastado y golpeado por la hiper información a la que estamos expuestos con la tecnología.

Siempre he sido una romántica de esta profesión, una fiel creyente de que sólo a través de una escritura limpia, curtida a base de esfuerzo y honestidad, se pueden combatir a grandes enemigos como el ego de los mandatarios, las trampas de los poderosos o los discursos masivos dictados por las agendas interesadas.

Y es en momentos de esta zozobra cuando el periodismo más puro se vuelve esencial para respirar y encontrar los caminos, para acompañar a los líderes que logran tomar las riendas y vigilar a los que las sueltan. Para ser ese cuarto poder que regula los gritos de los que mandan y darle la voz a los más indefensos.

También para eso está la cultura, para darnos oxígeno y recordarnos que somos más fuertes de lo que pensábamos, para vernos reflejados en esos héroes y en esas víctimas, para reírnos muy fuerte cuando al corazón lo están apretando demasiado o ayudar a que fluyan esas lágrimas que se han secado de tanto retenerlas ¿Quién no se ha refugiado en las historias o en la música estos días? ¿Quiénes han estado ahí para contarnos lo que está ocurriendo más allá de nuestras cuatro paredes de confinamiento?

Cuando todo pase y volvamos a las prisas del día a día no olvidemos lo que se nos reveló como esencial y no dejemos de protegerlo porque de otra forma no habremos aprendido nada y, cuando llegue la siguiente pandemia, seremos más vulnerables.

La película que deberíamos escribir

Columna publicada en El Universal

Llevamos décadas viendo en las pantallas del cine imágenes dolorosas y brutales de la violencia que existe en nuestro país. 

Historias que han reflejado la gran descomposición social que se vive en México y que han causado conmoción. 

Sin embargo, con tristeza, esta semana comprobamos que lo que hemos visto en la gran pantalla y tanto nos perturba no ha logrado imaginar hasta dónde puede llegar el horror de la realidad. 

El asesinato de la pequeña Fátima ni el guionista más oscuro hubiera podido escribirlo, no se hubiera atrevido a pesar de ser ficción. 

Y sin embargo, es una historia que ha ocurrido. ¿Qué tiene que pasar en una sociedad para permitir esto?

Sobrecoge el corazón y sacude reflexionar respecto al tema. 

Ahora la pregunta es, ¿hasta cuándo? ¿Será otra muerte de la que hablemos durante días en las redes sociales hasta que ocurra otra y otra y otra más? 

Si estuviéramos en una película hollywoodense es aquí cuando estaríamos esperando que surgiera el héroe, el respiro en la historia, el giro que nos llevara a un final feliz porque no soportaríamos seguir viendo esta trama si no hay algo de lo que podamos agarrarnos. 

Aquí es donde viene el trabajo de nosotros como personas y como sociedad de pensar, ¿qué vamos a hacer para darle sentido a estos hechos? ¿Qué acciones, valores, comunidades, asociaciones pueden ser nuestros héroes? ¿Hacia dónde vamos a dirigir todo este dolor? 

Necesitamos construir nuevos caminos, posibilidades y herramientas. 

A mí me gustaría escribir un guión para México en donde no haya cabida para la indiferencia ni el egoísmo y a raíz de tocar fondo con este asesinato se viera cómo va surgiendo una fuerza poderosísima que se va haciendo más fuerte que el villano. 

Una manifestación tan potente de rechazo a lo que ocurre ante la cual los políticos de todos los partidos no puedan hacer más que escuchar. 

Comunicadores, escritores, celebridades, artistas, empresarios, financieros unidos para desatar una gran campaña contra la violencia que mueva a las personas en masa a sumarse a los pequeños esfuerzos que juntos sean infinitos, en donde todos podamos parar un segundo y saber que esto es urgente, importante y que si no hacemos algo hoy, seguirá pasando. 

Un proyecto realizado por el experto italiano en infancia, Francesco Tonucci, explicó cómo las sociedades más seguras son aquellas en las que los niños pueden ir caminando solos a sus casas desde el colegio y estar en las calles porque eso indica que hay una comunidad que los cuida, en la que los adultos son confiables y donde si algún chico de la tribu está en problemas alguien sin duda acudirá a ayudarlo. 

Mi película tendría ese final, el de un México en el que las personas después de tanto dolor han decidido decir basta y crear entornos seguros, en donde una pequeña Fátima al salir de la escuela llega a su casa porque la mujer que le tiende la mano es su protectora. 

El filme que ya no soporto es el que al terminar nos deja con el nudo en la garganta y el estómago revuelto. 

La película que tristemente no hemos podido dejar de escribir y ver en nuestras pantallas. 

¡Basta ya!

Hablar del pasado es actual

Columna publicada en El Universal.

Difiero en absoluto de quienes piensan que mirar hacia el pasado no tiene aprendizajes para la actualidad. La frase que se le ha atribuido a Confucio y Napoleón Bonaparte que dice que “aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla” no podría ser más cierta.

Últimamente he escuchado muchas quejas acerca de cómo el cine se ha volcado demasiado en explorar situaciones de otras épocas o en hacer ciertos remakes dejando al lado la modernidad. Para mí, la clave está en analizar a profundidad qué remake se está haciendo y qué tema se está revisitando.

Porque sí, Mujercitas, a pesar de haber sido escrita en 1868 por Louisa May Alcott, aún habla de muchas cosas que siguen sucediendo y de temas que son vigentes. No es extraño pues, que a pocos años del #MeToo y de que se den a conocer cifras de escándalos de cómo en el siglo XXI sigue existiendo el techo de cristal y una desigualdad salarial para las mujeres en la gran mayoría de los países del mundo, Mujercitas y esa Jo que sueña con vivir de su escritura resuene en muchas madres e hijas.

Sobra decir que el mundo está lleno de Megs, Amys, Beths y Marmees. Y lo cierto es que es bello poder ver esas historias envueltas en vestuarios y escenarios de otra época que por más lejana que esté, conecta y dice algo valioso hoy en día.

Qué decir de las películas de guerra. “¿Otra más?”, es la pregunta que he escuchado constantemente. Otra más, pero ojo, que si se trata de 1917 o de Jojo Rabbit no nos están diciendo algo nuevo sino que nos están recordando algo importante: la guerra duele, el odio destruye, los extremos son peligros. Alrededor de los días en que 1917 se estrenó en salas, la crispación entre Estados Unidos e Irán estaba llegando al límite en el que nadie descartaba el inicio de la tercera guerra mundial.

Así es que no puedo pensar en un tema más vigente y oportuno que en el de ambas películas, porque cuando las personas piensan que ya basta de hablar de Hittler, surge una película que de forma brillante nos vuelve a recordar lo que pasa con el fascismo. En una Europa cada vez más polarizada, con los gobiernos de extrema derecha ganando cada vez más terreno, es importante recordar lo que ocurre cuando estos llegan al poder.

El cine está hecho para entretenernos, sí, pero también para provocarnos la reflexión, para actuar como un espejo y plasmar lo que nos ocurre y lo que no hemos aprendido y tenemos que volver a vivir una y otra vez aunque sea a través de la ficción.

Y sí, también hay cintas que buscan la taquilla fácil, que carecen de contenido y de invención, que pueden estar disfrazadas de tecnología, de temas “actuales” y de aseveraciones superficiales. La calidad y profundidad de las mismas no tiene que ver con el año en el que se sitúan, la época que les da contexto o el tema que se está abordando sino con cómo lo hacen, hacia dónde te llevan.

En ese sentido, mirar al pasado no podría ser más progresista.

En el backstage de “El cascanueces”

Artículo publicado en El Universal

Este año, mis hijas de seis y nueve años tuvieron la suerte de formar parte de esta gran puesta en escena que hace unos días llegó a su fin en el Teatro Palace de Stamford. La emoción de esta oportunidad pronto se convirtió en estrés al descubrir la complejidad de la logística de los ensayos, pues aunque ambas participaran, sólo unos minutos eran parte de un todo que está cronometrado al milímetro.

Al principio me molestó darme cuenta de que no podría evitar la cancelación de nuestros planes pero asumí que habíamos hecho un compromiso con el ballet y que por más incómodo que me pareciera, tenía que enseñarle a mis hijas la importancia de cumplirlo.

El resultado de tanta disciplina y esfuerzo fue espectacular. Y entonces agradecí la lección, tan clara, tan viva, que experimentamos en este proceso mi familia y yo: la de comprobar de forma tan evidente los resultados del esfuerzo, de la renuncia, de las noches de desvelo, del cansancio, de la paciencia y de entender que para conseguir grandes cosas todas las piezas del engranaje son cruciales. En un mundo en el que todo es inmediato, en el que se valora tanto la individualidad y en el que la satisfacción instantánea se aplaude y a la que se accede tan fácilmente, poder encontrar a un hombre como Mr. Raphael y el equipo de personas que lo acompañan en esta titánica labor fue inspirador.

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Un gran año para el cine

Columna publicada en El Universal

Es un recuento que suele ser de 10 filmes y que, por lo general, al llegar al octavo o noveno puesto empiezas a dudar si realmente esa película merecería estar en un ranking tan exigente. Este año me ocurrió lo contrario.

La pantalla grande, tan cuestionada en tiempos del streaming demostró que sigue siendo una experiencia colectiva necesaria y capaz de motivar al público.

Mientras que todos los oráculos apostaban a un virtiginoso apocalipsis del cine, de forma inesperada y muy deseada, tuvimos doce meses de buena cinematografía que no se detendrá, pues aún están por llegar a México en los primeros meses de 2020 piezas destacables y que darán batalla en los Oscar como la dirigida por Greta Gerwig, Mujercitas, o Bombshell (El Escándalo), de Jay Roach, cuya historia de acoso sexual del entonces CEO Roger Ailes de Fox News y la cultura del abuso de poder no pudo estrenarse en las salas de Estados Unidos en mejor momento que el mismo día en el que todas la portadas del planeta anunciaban el impeachment a Donald Trump.

La lección de su director surcoreano Bong Hoon Ho acerca de cómo sí es posible crear historias con la profundidad, complejidad y maestría capaz de conquistar a los críticos pero a la vez hacer filmes entretenidos y cercanos a la audiencia es una bocanada de aire fresco.

Parasite además tiene el acierto de tocar un tema urgente y que impulsa a los resortes humanos de cualquier sociedad actual del globo terráqueo como lo es la desigualdad social.

Mientras unos tengan tanto y otros tan poco no podremos vivir en armonía.

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Elegir ser feliz no es fácil

Columna publicada en El Universal

Me preparé con emoción para decorar mi stand de forma atractiva y que motivara a los adolescentes en búsqueda a venir a hablar conmigo. Llevé montones de libros, pósters, gadgets y me vestí con una gran sonrisa. A mí lado izquierdo estaba un policía que era un antiguo financiero de Wall Street, “que ganaba mucho dinero pero estaba muerto de aburrimiento”, me contó el padre de tres hijos que un día decidió cambiar radicalmente de profesión. “Y ahora soy muy feliz, pero me llevó 20 años atreverme a hacer lo que quería”, remató.

Y es que todo suena ideal hasta aquí ¿verdad? Pero lo cierto es que esto de buscar los sueños y elegir lo que te hace feliz en un mundo capitalista no es tan sencillo. Puedo decir que durante la hora y media que estuvimos ahí, los niños que se acercaban y miraban con curiosidad a quienes ofrecíamos profesiones no tan “rentables” tenían una sola preocupación en sus mentes: “¿Y se puede vivir bien de ésto?”. Esa fue la pregunta que me hicieron una y otra vez aquellos jóvenes a quienes les han hecho creer que lo importante es encontrar algo que te deje dinero.

Por eso es que es clave no matar ese impulso, esa punzada que te dice hacia dónde te quieres dirigir pese a todo el ruido que hay alrededor. Y en esas estaba cuando un profesor del colegio se acercó a mí en una pausa, me dio una palmada en la espalda y me dijo, “te felicito por seguir haciendo periodismo cuando ya nadie lo quiere hacer”.

Estaba atrapada en esos pensamientos cuando llego una niña, con su libreta de mariposas, sus gafas rojas y su curiosidad. “¿Te gusta escribir?” Le pregunté. “¡Me fascina!”, respondió. Y se quedó conmigo en el stand.

Hay películas que no saben envejecer

Columna publicada en El Universal

Bien decía Iñárritu en la entrevista que me dio en Cannes mientras fungía como presidente del Jurado del prestigioso festival de cine que el tiempo es el único juez verdadero en cuestión cinematográfica pues hasta que las cintas no envejecen no sabes si realmente son obras maestras y merecían ser premiadas.

No podía tener más razón pues aunque es algo que todos tenemos en la teoría fue algo que me tocó experimentar con claridad hace unos días. El escenario: una escapada a la casa de campo de unos amigos en las afueras de NY en donde tres parejas con hijos nos reunimos. Después de una cena contundente y muchas risas, la noche lluviosa se antojaba para ver una película. Apetecía seguir riendo y después de un par de búsquedas fallidas se me ocurrió elegir una cinta inglesa de 2004 que recordaba como divertida.

Tras una hora esperando la gran ocurrencia, el chispazo o esa carcajada colectiva me di cuenta de que la trama no sólo no me hacía ninguna gracia sino que incluso habían cosas que me parecían de mal gusto. Mi primera reflexión fue preguntarme si el problema era yo, pues más de una década después, las personas cambiamos, nos endurecemos y ¿por qué no decirlo?, nos amargamos. Pero después de preguntar a mis amigos si les había dado la misma impresión y tras coincidir conmigo en varios puntos llegué a la conclusión de que efectivamente, hay películas hechas para el momento y otras para la eternidad. Filmes que son rompedores en su día y que conectan con la audiencia se quedan vacíos y fuera de contexto después pero hay otros que puedes ver cinco, 10, 20 años más tarde y no sólo siguen vigentes, sino que los vuelves a disfrutar como la primera vez.

¿Será que el sentido del humor sufre más con el paso del tiempo que el drama? ¿Las cosas que nos hacen reír dependen del contexto, de lo que nos sacude, nos parece grotesco, diferente o nos genera vergüenza? ¿Depende de la sociedad y de cómo, según ésta cambia, se normalizan cosas que antes eran impensables y cuando eso ocurre nos dejan de parecer graciosas? ¿O esos miedos que antes sentíamos lejanos y de los que nos reíamos empiezan a quedarnos más cerca y entonces, ya no es tan hilarante verlos, aunque sean en una sátira?

Lo cierto es que cada vez que tengo la fortuna de disfrutar de una buena comedia salgo feliz y agradecida del cine pues es cierto eso que tanto ha defendido Woody Allen —y muchos otros directores— acerca de que es más difícil hacer reír que llorar.

También esto me rearma una gran verdad y es que cuando una película es redonda permanece, pese a los contextos, las arrugas con las que las vemos y lo fresco o cansado de la mirada.

No se puede dejar de lado la parte subjetiva porque el cine que nos enamora a final de cuentas es el espejo de los sentimientos que de alguna manera resuenan con nosotros. Hay mucho de tu ADN en todos los filmes que han hecho eco en ti. Cuando las personas te cuenten cuáles son las películas que les han dejado huella pregúntales por qué y tendrás una pincelada de su propio mapa emocional.