Categoría: Opinión

Cuando nuestros ídolos de la infancia se convierten en víctimas

Columna publicada en El Universal

Conocer la historia de cada una de esas estrellas de las que eras fan y luego compadeces es una bofetada a las ilusiones con las que crecimos.

Pero lo que más me asombra de estas historias no es que en la mayoría de ellas exista un mánager truculento o una casa discográfica que se queda con las ganancias de forma inequitativa o los productores que empujan a la criatura al vacío con tal de lograr el estreno del momento.

Lo peor es que la historia se repite una y otra vez, pese a los candados legales que se han puesto para detener estos abusos

Coogan se convirtió en el infante mejor pagado de su época pero, al morir su padre, su madre se casó con su mánager y, cuando quiso acceder al dinero que había ganado, ambos se negaron a dárselo (además de que se lo habían gastado casi todo).

Tras la furia que esto generó en la opinión pública se creó la famosa Ley Coogan que protege a los niños artistas de Estados Unidos.

Ahora, cuando me siento a ver una película infantil con mis hijas o me cuentan con emoción lo que hace la joven youtuber del momento, puedo percibir cómo ellas desearían ser esas niñitas adorables que parecen tener el mundo a sus pies y siento envidia al darme cuenta de lo alentador que era cuando yo también creía que esa fantasía existía.

Ya era hora de tener una sirena negra

El día que Disney anunció que la cantante afroamericana Halle Bailey sería La Sirenita en su nuevo live action, las redes sociales se revolucionaron con comentarios en contra y a favor. 

Cuando Disney hizo las películas de Blancanieves y Cenicienta eran los años 30 y 50 respectivamente. Décadas en las que la mujer tenía que centrarse en ser una buena ama de casa y dar calor de hogar a la familia cocinando, limpiando y manteniendo el orden. También eran jóvenes ingenuas y frágiles, algo que se asociaba con la femineidad. La bella y la Bestia de los años 90 revolucionó esa imagen y marcó otro momento clave: a la gran pantalla llegó una princesa que además de ser guapa leía mucho, quería conocer otros mundos y era autosuficiente. Ni hablar de Tiana, la princesa del año 2000 que se convierte en empresaria, no se deja seducir por un príncipe fanfarrón y está dispuesta a todo con tal de lograr sus sueños. Con esto, más allá de si la nueva sirenita debe ser blanca y pelirroja lo que debemos cuestionarnos es hacia dónde nos quiere llevar Disney ahora

Cuando el autor danés Hans Christian Andersen escribió en 1836 el cuento en el que se inspira la historia de esta bella criatura marina era la época del colonialismo europeo en la que los africanos estaban siendo despojados de sus tierras y a lo único que podían aferrarse era a sus historias, entre las que siempre han estado las sirenas, que para ellos son seres con quienes han convivido durante milenios y a los que se les atribuyen grandes poderes en la vida cotidiana. Ha habido sirenas negras desde el principio de los tiempos y mucho antes de que Andersen y Disney crearan a Ariel. Desde la perspectiva de la historia, lo justo es pensar que ya era hora de volver al origen y de tener una sirena negra con la que cualquier chica pueda soñar.

El incierto futuro del cine

Columna publicada en El Universal.

La pregunta ha estado en el aire en los últimos años en los que la popularidad de las plataformas digitales ha explotado pero el debate se ha vuelto urgente pues el cambio ya no es algo imaginario, está aquí. Netflix cambió la forma que tenemos de ver las películas pero es sólo la punta del iceberg pues pronto llegarán otras formas de streaming como Disney, Apple, Warner Bros, etc. 

Algo clave será la selección pues más que nunca los productores se están preguntando qué piezas son suficientemente originales para estar en un cine y todavía no hay un patrón claro del comportamiento de las audiencias. Por ejemplo, en el caso de Crazy Rich Asians, de Jon M. Chu, sucedió todo lo contrario a lo esperado y la cinta fue una llamada masiva para acudir a las salas recaudando una taquilla de 26 millones de dólares el primer fin de semana que la convirtió en la primera película realizada para el público asiático-americano que logra esta posición. 

En los años 90’s cuando aparecieron los compact disc la industria del vinilo casi desapareció. Sin embargo, dos décadas después, cuando todos la daban por muerta, empezó a resurgir. Primero fueron los adultos nostálgicos que querían revivir su juventud con los Beatles, Led Zeppelin, y otras joyas de los años 60 y 70’s. Pero los que realmente le están dando un vuelco a la industria son los millenials que se han dado cuenta de que la calidad del sonido del vinilo (más cálido que el digital), la experiencia de tenerlo entre tus manos y disfrutar de algo más que las notas como lo es el arte de las portadas es más interesante que hacer una descarga. 

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Del éxito se aprende muy poco

En eso coinciden muchas estrellas. Entre ellas, Sylvester Stallone, quien en su reciente paso por Cannes reflexionó cómo lo que lo que realmente lo hizo crecer fueron los “no” que los estudios le dieron a él y a sus proyectos a lo largo de su vida

Acerca del éxito, Iñárritu me dijo que es algo que te puede envenenar y que por eso siempre se acordaba de las palabras de su padre cuando le repetía que con el éxito había que hacer un buche para después escupirlo. Guillermo Del Toro ha hablado de esto en todas sus clases magistrales y una de las frases célebres de Bill Gates es que, “el éxito es un pésimo maestro, seduce a la gente inteligente para que piense que no puede perder”.

“Mandamos la mitad de la novela en un primer envío y nos fuimos a casa. Mercedes sacó las últimas cosas que quedaban por empeñar que eran el calentador que yo usaba para escribir — porque yo puedo escribir en cualquier circunstancia menos con frío—, el secador que usaba para la cabeza y la batidora y se fue con eso al Monte de Piedad

De lo que no queda duda es de que en estos casos hay un ingrediente común y fundamental y es que todas la personas que han llegado a lo más alto han tenido valor para arriesgar y lo más importante, han creído en sí mismas. Pero hay otra pieza clave y es el motor del éxito, tan importante como el camino para lograrlo. Márquez decía que él había descubierto que escribía para que lo quisieran más. En el fondo, quizá, eso es lo que todos buscamos.

Cannes: El festival del fin del mundo

 


Sin embargo, algo que me sorprendió fue comprobar que a los dioses del olimpo cinematográfico también les sucede. “Estamos aquí y parece que no hay otra cosa que ver películas pero abres la ventana y ves todos los problemas que hay en el mundo y que estamos en una especie de Titanic. Yo he sentido todo el tiempo que este es el Festival del fin del mundo, donde mientras todas las cosas terribles ocurren en el planeta nosotros estamos en una sala de cine viendo historias”, me dijo Alejandro González Iñárritu en Cannes en una entrevista para EL UNIVERSAL.

Es así como estos festivales se vuelven una especie de oráculo en el que las preocupaciones y visión del futuro de los realizadores se revelan y ponen temas a debate.

Ha habido años en los que la violencia ha sido el tema recurrente, otros en los que el acento ha estado en la sexualidad, el año pasado el foco estuvo en entender la función de las familias como corazón social y el origen de toda descomposición o redención (Capharnaüm, Lazzaro Felice, Shoplifters, Todos lo saben) pero éste fue sin duda el año de cuestionar y explorar el daño que están haciendo en el tejido social las cada vez más grandes diferencias económicas y de cómo éstas nos están llevando a un mundo polarizado, violento y en el que todos perdemos.

Y esta es la gran paradoja del festival del fin del mundo: que mientras te aísla y te mete en una burbuja en la que pareciera que todo lo que está afuera de las salas de cine no existe también te sacude y te lleva a pensar en los temas urgentes, los que de verdad importan pero que de otra forma no podemos ver. Es un Titanic, sí, pero un Titanic con conciencia.
Cannes: el festival del fin del mundo

Festival de Cannes: el negocio del prestigio

Columna publicada en El Universal. Cobertura Festival de Cannes 2019.

Cada año, con el Festival de Cannes en puerta me pregunto, ¿por qué quiero volver? Es una experiencia agotadora en la que cada día la rueda de las películas, conferencias de prensa y entrevistas empieza al amanecer y no para hasta la madrugada. Duermes poco, comes mal y entras en un permanente estado de estrés. Pero ahí estás y curiosamente, te sientes privilegiado.

Algo tienen estos eventos que se vuelven adictivos. Lo primero que hay que saber es que los festivales de cine se clasifican según su prestigio siendo los de Clase A, los más importantes. Actualmente hay 15 en el mundo pero los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia y es adonde los directores de cine sueñan con llevar sus películas.

Para ser un festival de clase A se debe tener una competencia y cumplir con los estándares de la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Filmes) que demanda un alto nivel de organización, calidad en la selección de las películas y jurados, infraestructuras, etcétera.

No cualquiera puede estar ahí: ni el que presenta sus creaciones, ni quienes hablamos de ellas. Todos somos parte de la llamada gamification en marketing, tu paso por los festivales hace que entres en un juego de recompensas, niveles, progresos.

La primera vez que vas no logras entrar a nada, pero van pasando los años y ven tu desempeño y fidelidad, suben tus bonos, vas abriendo puertas desconocidas, logrando accesos exclusivos y eso es irresistible.

Pero nadie se salva: lo mismo le ocurre a los directores de cine que van escalando de secciones hasta llegar a la Sección Oficial, a los actores que empiezan a ser invitados a ser jurados, etcétera.

Por supuesto, esto es un gran negocio: el festival cuesta 25 millones de dólares aproximadamente. De este presupuesto, casi 400 mil dólares se destinan a las Palmas de Oro, el máximo galardón del festival confeccionado con 118 gramos de oro de 18 quilates sobre piezas de cristal de roca (éstos requieren 40 horas de trabajo de siete orfebres y cada Palma está valorada en 20 mil dólares).

Cannes tiene una población de 70 mil habitantes pero el festival eleva el flujo de gente a 200 mil personas. Para entrar a las galas hay que ir con esmoquin y durante esos días una treintena de comercios los venden sin descanso con precios que oscilan entre los 500 y los 3 mil dólares.

Los hoteles y departamentos de alquiler triplican sus precios y llegan a la ocupación máxima. Las celebrities pagan más de 40 dólares por noche en el Penthouse del Hotel Majestic y los restaurantes, yates, casas de champaña y moda no paran de llenar sus arcas hasta que acaba la euforia.

Es el negocio del prestigio. Pero para que esto exista hay una pieza fundamental: las películas. Cada año, cuando sales de ver la nueva creación de ese director que te voló la cabeza, te sientes la persona más afortunada porque has sido testigo de algo grandioso, que sólo logra el cine. Entonces vuelves.

Cuando las estrellas mienten

Después de diez años viviendo en Estados Unidos puedo decir que una de las cosas que más nos cuesta entender a los latinos es que los hijos se tengan que ir de casa  cuando entran a la Universidad pero algo que es igual de inquietante y nadie te cuenta es cómo desde que los niños están en tercero de primaria las escuelas públicas separan a los “más talentosos” para que tengan clases de mayor nivel que los del resto. Es decir, que desde que un niño tiene 8 años ya está compitiendo y así será toda su vida escolar si quiere conseguir ser parte del 6% de los jóvenes elegidos por una Universidad prestigiosa que les garantizará seguir en el sistema del sueño americano, es decir, el de formar parte de la élite para a su vez, en un futuro lograr trabajos bien pagados que les permitirá replicar el modelo con su futura descendencia pudiendo pagar lo que cuestan estas colegiaturas top (un promedio de 60 mil dólares anuales) y hacer que la rueda del consumo y el “bienestar” sigan girando indefinidamente. 

Entender esto explica por qué el escándalo en el que se han visto implicadas estrellas como Lori Loughlin que enfrenta una condena posible de hasta 20 años de cárcel (Full House) y Felicity Huffman (Mujeres desesperadas) ha tocado fibras tan sensibles, pues han puesto en evidencia que hasta lo más sagrado del sistema, la meritocracia, el “si te esfuerzas lo consigues”, está corrupto. A estas alturas es bien sabido que Loughlin pagó 500 mil dólares para asegurarle dos lugares en una de las universidades más cotizadas de Estados Unidos, la USC (University of Southern California) a sus hijas gemelas o que Huffman dio una suma de 15 mil dólares para subirle el puntaje a su hija en el examen que más cuenta en las admisiones. Pero lo cierto es que ellas son sólo la punta del iceberg de una operación en la que se encuentran involucradas más de 30 familias poderosas según ha detectado el FBI y lo que estará por descubrirse. 

Muchas veces le he preguntado a las estrellas si sienten que la fama también los pone en un lugar de responsabilidad porque se vuelven modelos a seguir. La mayoría entiende el compromiso que tiene estar bajo los reflectores. Muchos de ellos, incluso, se vuelven activistas. Pero algunos se excusan diciendo que su función se limita a entretenernos. Lo cierto es que el impacto que tiene lo que hacen los famosos es muy grande y este caso lo demuestra. Lo que ellas hagan o dejen de hacer genera eco en la sociedad porque las celebridades ejemplifican mejor que nadie el sueño de que la fama y la fortuna se pueden conseguir trabajando duro y con talento. Si los jóvenes que se han pasado una infancia y adolescencia construyendo su currículum para competir en el sistema dejan de creer, el capitalismo y los pilares en los que está cimentada esta sociedad revientan. Y eso no se puede permitir, menos si eres una estrella. 

Para Hollywood, las actrices envejecen cada vez más pronto

Hace unos años me enojé mucho al ver que Nicole Kidman se había vuelto adicta al bótox. “¿Cómo es posible que se haya hecho eso con lo guapa que es?”, pensaba mientras la entrevistaba por la película The paperboy. Me parecía innecesario que se esforzara por ocultar lo evidente: estaba envejeciendo.

“Hay que hacerlo con gracia”, “las arrugas son las marcas de nuestra vida”, son frases que solemos repetir. Lo cierto es que desde ese momento han pasado ocho años y yo también he empezado a envejecer y a entender por qué a las actrices este proceso les cuesta más que a nadie.

Hay un estudio que realizó la revista TIME analizando la trayectoria de más de 6 mil actores en el que se demuestra cómo las mujeres al principio de sus carreras reciben más ofertas para interpretar papeles que los hombres, pero cuando ellas cumplen 30 años ¡pum! la cifra empieza a descender de forma vertiginosa hasta tener que arañar cada personaje. Por el contrario, la carrera de los hombres llega a su cumbre a los 46 años y se mantiene así muchos más. Con el tiempo esto ha empeorado: cada vez más, ellas dejan de trabajar antes de los 30 y a ellos les va mejor después.

 Maggie Gyllenhaal ha contado cómo a los 37 años le negaron un papel porque era demasiado mayor para interpretar a la pareja de un hombre de 55.

Meryl Streep, próxima a cumplir 70 años, ha confirmado esta teoría al asegurar que las mujeres que tienen 60 años están viendo decrecer las oportunidades antes de lo que lo hacían sus colegas de más edad.

En un artículo de Vogue en 2011, Streep contó cómo fue cumplir 40 años: “Miré a mi marido y le dije: ‘¿bueno, qué deberíamos hacer ahora? Porque esto se acabó’”.

Ese año Meryl donó dinero a un laboratorio de guionistas para proyectos con mujeres maduras. Julianne Moore, a sus 59 años, ha empezado a hacer lo mismo.

No todas las actrices tienen la oportunidad de desarrollar sus propios proyectos y para muchas la pregunta de la edad sigue siendo un tabú y la respuesta un cliché, pues cada vez que le menciono el tema de los años a alguna estrella de Hollywood ésta suele tener la sonrisa lista para decir que ama las marcas que le ha dado el tiempo.

La que más me conmovió es Jane Fonda quién al hacer su documental Jane Fonda in five acts declaró que se arrepiente por haberse hecho esclava del bisturí: “Odio el hecho de haber tenido la necesidad de alterarme físicamente”.

Y yo sólo puedo pensar en lo mucho que la entiendo. A ella, a Nicole Kidman y a todas las mujeres que necesitan detener el tiempo para no volverse invisibles.

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