Categoría: Opinión

Un gran año para el cine

Columna publicada en El Universal

Es un recuento que suele ser de 10 filmes y que, por lo general, al llegar al octavo o noveno puesto empiezas a dudar si realmente esa película merecería estar en un ranking tan exigente. Este año me ocurrió lo contrario.

La pantalla grande, tan cuestionada en tiempos del streaming demostró que sigue siendo una experiencia colectiva necesaria y capaz de motivar al público.

Mientras que todos los oráculos apostaban a un virtiginoso apocalipsis del cine, de forma inesperada y muy deseada, tuvimos doce meses de buena cinematografía que no se detendrá, pues aún están por llegar a México en los primeros meses de 2020 piezas destacables y que darán batalla en los Oscar como la dirigida por Greta Gerwig, Mujercitas, o Bombshell (El Escándalo), de Jay Roach, cuya historia de acoso sexual del entonces CEO Roger Ailes de Fox News y la cultura del abuso de poder no pudo estrenarse en las salas de Estados Unidos en mejor momento que el mismo día en el que todas la portadas del planeta anunciaban el impeachment a Donald Trump.

La lección de su director surcoreano Bong Hoon Ho acerca de cómo sí es posible crear historias con la profundidad, complejidad y maestría capaz de conquistar a los críticos pero a la vez hacer filmes entretenidos y cercanos a la audiencia es una bocanada de aire fresco.

Parasite además tiene el acierto de tocar un tema urgente y que impulsa a los resortes humanos de cualquier sociedad actual del globo terráqueo como lo es la desigualdad social.

Mientras unos tengan tanto y otros tan poco no podremos vivir en armonía.

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Elegir ser feliz no es fácil

Columna publicada en El Universal

Me preparé con emoción para decorar mi stand de forma atractiva y que motivara a los adolescentes en búsqueda a venir a hablar conmigo. Llevé montones de libros, pósters, gadgets y me vestí con una gran sonrisa. A mí lado izquierdo estaba un policía que era un antiguo financiero de Wall Street, “que ganaba mucho dinero pero estaba muerto de aburrimiento”, me contó el padre de tres hijos que un día decidió cambiar radicalmente de profesión. “Y ahora soy muy feliz, pero me llevó 20 años atreverme a hacer lo que quería”, remató.

Y es que todo suena ideal hasta aquí ¿verdad? Pero lo cierto es que esto de buscar los sueños y elegir lo que te hace feliz en un mundo capitalista no es tan sencillo. Puedo decir que durante la hora y media que estuvimos ahí, los niños que se acercaban y miraban con curiosidad a quienes ofrecíamos profesiones no tan “rentables” tenían una sola preocupación en sus mentes: “¿Y se puede vivir bien de ésto?”. Esa fue la pregunta que me hicieron una y otra vez aquellos jóvenes a quienes les han hecho creer que lo importante es encontrar algo que te deje dinero.

Por eso es que es clave no matar ese impulso, esa punzada que te dice hacia dónde te quieres dirigir pese a todo el ruido que hay alrededor. Y en esas estaba cuando un profesor del colegio se acercó a mí en una pausa, me dio una palmada en la espalda y me dijo, “te felicito por seguir haciendo periodismo cuando ya nadie lo quiere hacer”.

Estaba atrapada en esos pensamientos cuando llego una niña, con su libreta de mariposas, sus gafas rojas y su curiosidad. “¿Te gusta escribir?” Le pregunté. “¡Me fascina!”, respondió. Y se quedó conmigo en el stand.

Hay películas que no saben envejecer

Columna publicada en El Universal

Bien decía Iñárritu en la entrevista que me dio en Cannes mientras fungía como presidente del Jurado del prestigioso festival de cine que el tiempo es el único juez verdadero en cuestión cinematográfica pues hasta que las cintas no envejecen no sabes si realmente son obras maestras y merecían ser premiadas.

No podía tener más razón pues aunque es algo que todos tenemos en la teoría fue algo que me tocó experimentar con claridad hace unos días. El escenario: una escapada a la casa de campo de unos amigos en las afueras de NY en donde tres parejas con hijos nos reunimos. Después de una cena contundente y muchas risas, la noche lluviosa se antojaba para ver una película. Apetecía seguir riendo y después de un par de búsquedas fallidas se me ocurrió elegir una cinta inglesa de 2004 que recordaba como divertida.

Tras una hora esperando la gran ocurrencia, el chispazo o esa carcajada colectiva me di cuenta de que la trama no sólo no me hacía ninguna gracia sino que incluso habían cosas que me parecían de mal gusto. Mi primera reflexión fue preguntarme si el problema era yo, pues más de una década después, las personas cambiamos, nos endurecemos y ¿por qué no decirlo?, nos amargamos. Pero después de preguntar a mis amigos si les había dado la misma impresión y tras coincidir conmigo en varios puntos llegué a la conclusión de que efectivamente, hay películas hechas para el momento y otras para la eternidad. Filmes que son rompedores en su día y que conectan con la audiencia se quedan vacíos y fuera de contexto después pero hay otros que puedes ver cinco, 10, 20 años más tarde y no sólo siguen vigentes, sino que los vuelves a disfrutar como la primera vez.

¿Será que el sentido del humor sufre más con el paso del tiempo que el drama? ¿Las cosas que nos hacen reír dependen del contexto, de lo que nos sacude, nos parece grotesco, diferente o nos genera vergüenza? ¿Depende de la sociedad y de cómo, según ésta cambia, se normalizan cosas que antes eran impensables y cuando eso ocurre nos dejan de parecer graciosas? ¿O esos miedos que antes sentíamos lejanos y de los que nos reíamos empiezan a quedarnos más cerca y entonces, ya no es tan hilarante verlos, aunque sean en una sátira?

Lo cierto es que cada vez que tengo la fortuna de disfrutar de una buena comedia salgo feliz y agradecida del cine pues es cierto eso que tanto ha defendido Woody Allen —y muchos otros directores— acerca de que es más difícil hacer reír que llorar.

También esto me rearma una gran verdad y es que cuando una película es redonda permanece, pese a los contextos, las arrugas con las que las vemos y lo fresco o cansado de la mirada.

No se puede dejar de lado la parte subjetiva porque el cine que nos enamora a final de cuentas es el espejo de los sentimientos que de alguna manera resuenan con nosotros. Hay mucho de tu ADN en todos los filmes que han hecho eco en ti. Cuando las personas te cuenten cuáles son las películas que les han dejado huella pregúntales por qué y tendrás una pincelada de su propio mapa emocional.

El juicio a Trump: Merecemos un final a lo Tarantino.

Columna publicada en El Universal

El miércoles 13 de noviembre comenzaron las audiencias televisadas del juicio político a Donald Trump. El primer día permanecí pegada a la pantalla las casi seis horas que duró la transmisión siendo testigo de un gran espectáculo histórico y vertiginoso.

Todo el tiempo tuve la sensación de estar viendo una de esas películas en las que la acción transcurre en una sala en la que los testigos son cuestionados por las partes a favor y en contra del acusado y el guión juega contigo llevándote hacia un lado y otro del péndulo sin tregua. Es curioso lo que ocurre cuando una situación se pone frente a una cámara pues de inmediato adquiere otro carisma, es como si esa distancia entre el espectador y la pantalla de la televisión le diera una cierta sensación de irrealidad a lo que estamos viendo porque todo se convierte en un espectáculo.

No cabe duda de que esa siempre ha sido la gran baza de Trump, lograr llevarlo todo a ese lugar en el que la agenda no son los hechos, sino lo que se hace parecer de ellos.

Ante el auge de las fake news algo que ha surgido como contracorriente son las noticias catárticas, sí, las que hablan de lo que nos gustaría que pasara o que de tan absurdas subrayan la realidad. Se me ha vuelto indispensable leer el llamado The Borowitz Report que es el newsletter de The New Yorker que se especializa en parodiar las noticias. “Not the news” es su lema.

Una reacción ante el espectáculo en el que se ha convertido la política mundial, pues cada vez más los futuros de los países dependen de qué tan histriónico es un político y cómo interpreta a su personaje. El juicio televisado al Presidente de los Estados Unidos es la cumbre de una era hipermediática en la que resulta una paradoja ver cómo lo que Trump más ataca, los medios de comunicación, son precisamente quiénes podrían rescatarlo o hundirlo según se desencadene el “show”.

No es la primera vez que Estados Unidos asiste a un gran juicio transmitido por televisión. Uno de los casos más famosos fue el de O.J. Simpson en 1994 en donde durante los once meses que duró el juicio se estima que más de 95 millones de personas siguieron las acusaciones y réplicas en vivo y en directo convirtiéndolo en el llamado juicio del siglo.

Independientemente de cuál sea el resultado de todo este proceso estamos siendo testigos de algo histórico cuyos hechos probablemente veremos en unos años en la pantalla grande. Me gusta fantasear con la idea de que será un proyecto dirigido por alguien como Oliver Stone o Steven Soderbergh.

Por obvias razones el papel de Donald Trump se lo doy a Alec Baldwin. Mi denunciante ideal sería Daniel Day-Lewis y como algunos de los Republicanos aferrados en demostrar lo contrario y defender al Presidente a toda costa pondría a Liam Neeson, Stanley Tucci o Steve Carell.

Lo único que pido es un final a lo Tarantino, apoteósico, con catarsis incluida y en donde los corruptos y prepotentes acaben pagando porque si no lo logramos tener en la realidad, nos lo merecemos en la ficción.

Lo que se aprende cuando no corres un maratón.

Columna publicada en El Universal

Erin Brokovich, Rocky, En busca de la felicidad, Million dollar baby son sólo algunos ejemplos de películas en las que los héroes son seres humanos llenos de defectos y con historias que te hacen sentir que tú también podrías lograr cualquier cosa que te propusieras.

A lo largo de los últimos diez años he visto correr a mi esposo estas carreras de 42.195 kilómetros en seis ocasiones y siempre me pregunto, ¿por qué lo hará? El entrenamiento es extenuante, no sólo para él sino para toda la familia.

El proceso también es educativo para los que no lo corremos porque ver lo que va logrando la constancia es muy revelador y te confronta. Me hace pensar en lo que todos seríamos capaces de hacer si aplicáramos esas dosis de disciplina diaria a nuestros sueños.

Esperar en la meta de un maratón me ha permitido ver a nietos corriendo con sus abuelos, a padres empujando las sillas de ruedas de sus hijos, a grupos de amigos deteniéndose con paciencia cuando a alguien le está fallando el cuerpo pero también a mujeres y hombres solitarios acompañándose a sí mismos.

Se vuelve algo hipnótico, contagioso y conmovedor ver a un ser humano volcado en algo tan sencillo pero a la vez tan complicado como lo es intentar conquistar lo que se ha propuesto.

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El Joker que EU no quiere ver

Columna publicada en El Universal

Lo que realmente sucede es que Joker toca el talón de Aquiles del sistema norteamericano al mostrar el fracaso de la salud mental de Estados Unidos sumado al problema de las armas.

En lo que va de este año ya se han producido alrededor de 250 tiroteos múltiples… y los que faltan.

El resultado fue escandaloso pues los senadores accedieron. Algunos de ellos, cuando el programa salió al aire, renunciaron. Pero el problema sigue ahí y seguirá cobrándose muchas más vidas porque en EU todo está regulado por el mercado y la venta de armas genera más de 30 mil millones de dólares al año. Así, el drama de la violencia y de la facilidad para que un arma caiga en las manos incorrectas no es culpa del Joker que se ve en la pantalla grande sino del Joker que el sistema alimenta. Es más fácil echarle la culpa a Todd Phillips.

José José, otro artista canibalizado

Columna publicada en El Universal

Pasa lo mismo con los hijos, de los que suponemos que los logros de su padre o su madre (según sea el famoso) les ha permitido vivir en una burbuja de lujo y de comodidad.

Existen muchos estudios en psicología que hablan de las características de los artistas, de la sensibilidad que tienen, la necesidad de individualismo, también de aceptación, la importancia de ser capaces de desarrollar una alta resiliencia para sobreponerse a tanto rechazo y la fragilidad que tienen, pese a que parezcan invencibles.

Sin embargo, lo que me intriga en momentos como estos en los que la muerte de José José ha sacado a relucir tantos temas oscuros familiares es lo que los artistas generan en su entorno y lo que los lleva a ser canibalizados por los demás.

Como si de esa forma él mismo pudiera poseer parte de esa perfección.

Y no importa si se trata de los hijos, de los padres, de los hermanos o personas de confianza, ocurre en todos los niveles y el espectáculo se torna vil y despiadado.

Es ahí cuando surgen las Saritas, los Luisitos y todos los hitos que hay por el mundo canibalizando al que le puede proveer lo que por sí mismo nunca ha conseguido, intentando chupar el elixir de lo que pareciera la felicidad.

Y ahí es en donde quizá, sólo queda el consuelo del público, de la audiencia que sigue aplaudiendo y que consuela a muchas de estas personas cuya vida es mucho más bella desde el escaparate.

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En estado de emergencia

Columna publicada en El Universal

Muy distintas voces nos hablaron de la profunda crisis que la humanidad está sufriendo, de cómo las mentiras dichas tantas veces se convierten en verdades y del peligro hacia el cual nos pueden llevar los extremos, cuyos efectos letales hemos comprobado pero también, al parecer, olvidado.

Y este año, las películas que llegaron al Festival de Venecia fueron una alarma constante, pues en muchas de ellas se mostraron los peligros del punto en el que nos encontramos.

Fue muy revelador ver pasar a tantos creadores por las conferencias de prensa para gritarle al mundo que es momento de abrir los ojos y darnos cuenta del peligro de los extremos que estamos viviendo actualmente.

Voces y culturas distintas pero en un mismo llamado. También estuvo el llanto de la calle, el de los cientos de jóvenes ecologistas que decidieron tomar la alfombra roja del festival el día de la clausura para gritarle al mundo que es momento de hacer algo, que el cambio climático no se detiene y que estamos en una encrucijada de la humanidad como nunca antes lo habíamos estado.

Pero al menos nos queda la esperanza de ese cine que sigue apostando por crear conciencia, que sacude los cimientos de nuestras creencias y prejuicios y que nos hace reflexionar y despertar. Es momento de salir de esta burbuja. Estamos en estado de emergencia y el cine lo sabe.

Cuando nuestros ídolos de la infancia se convierten en víctimas

Columna publicada en El Universal

Conocer la historia de cada una de esas estrellas de las que eras fan y luego compadeces es una bofetada a las ilusiones con las que crecimos.

Pero lo que más me asombra de estas historias no es que en la mayoría de ellas exista un mánager truculento o una casa discográfica que se queda con las ganancias de forma inequitativa o los productores que empujan a la criatura al vacío con tal de lograr el estreno del momento.

Lo peor es que la historia se repite una y otra vez, pese a los candados legales que se han puesto para detener estos abusos

Coogan se convirtió en el infante mejor pagado de su época pero, al morir su padre, su madre se casó con su mánager y, cuando quiso acceder al dinero que había ganado, ambos se negaron a dárselo (además de que se lo habían gastado casi todo).

Tras la furia que esto generó en la opinión pública se creó la famosa Ley Coogan que protege a los niños artistas de Estados Unidos.

Ahora, cuando me siento a ver una película infantil con mis hijas o me cuentan con emoción lo que hace la joven youtuber del momento, puedo percibir cómo ellas desearían ser esas niñitas adorables que parecen tener el mundo a sus pies y siento envidia al darme cuenta de lo alentador que era cuando yo también creía que esa fantasía existía.

Ya era hora de tener una sirena negra

El día que Disney anunció que la cantante afroamericana Halle Bailey sería La Sirenita en su nuevo live action, las redes sociales se revolucionaron con comentarios en contra y a favor. 

Cuando Disney hizo las películas de Blancanieves y Cenicienta eran los años 30 y 50 respectivamente. Décadas en las que la mujer tenía que centrarse en ser una buena ama de casa y dar calor de hogar a la familia cocinando, limpiando y manteniendo el orden. También eran jóvenes ingenuas y frágiles, algo que se asociaba con la femineidad. La bella y la Bestia de los años 90 revolucionó esa imagen y marcó otro momento clave: a la gran pantalla llegó una princesa que además de ser guapa leía mucho, quería conocer otros mundos y era autosuficiente. Ni hablar de Tiana, la princesa del año 2000 que se convierte en empresaria, no se deja seducir por un príncipe fanfarrón y está dispuesta a todo con tal de lograr sus sueños. Con esto, más allá de si la nueva sirenita debe ser blanca y pelirroja lo que debemos cuestionarnos es hacia dónde nos quiere llevar Disney ahora

Cuando el autor danés Hans Christian Andersen escribió en 1836 el cuento en el que se inspira la historia de esta bella criatura marina era la época del colonialismo europeo en la que los africanos estaban siendo despojados de sus tierras y a lo único que podían aferrarse era a sus historias, entre las que siempre han estado las sirenas, que para ellos son seres con quienes han convivido durante milenios y a los que se les atribuyen grandes poderes en la vida cotidiana. Ha habido sirenas negras desde el principio de los tiempos y mucho antes de que Andersen y Disney crearan a Ariel. Desde la perspectiva de la historia, lo justo es pensar que ya era hora de volver al origen y de tener una sirena negra con la que cualquier chica pueda soñar.