Categoría: Opinión

El muro de la alfombra roja

Columna publicada en El Universal

Todas las miradas del mundo cinematográfico esperaban con ansia ver las primeras imágenes de la Muestra veneciana, el festival más antiguo del planeta, cuya edición número 77 es un milagro que se esté celebrando estos días.

Mascarillas obligatorias, geles desinfectantes por doquier, asientos en las salas de proyección reservados con antelación a través de una app para que se mantengan las distancias de seguridad y cientos de periodistas que no pudieron viajar y ser acreditados para cubrir esta edición como me ocurrió a mí, que después de 20 años siendo testigo de esta Mostra, no se me permite la entrada a Italia por vivir en Estados Unidos y estar considerado uno de los países con más alto riesgo de Covid19.

Algo impensable cuando el corazón de los festivales internacionales es precisamente la multiculturalidad.

Los festivales son el lugar en el que se reúnen personas de todo el mundo para embarcarse juntas durante los días en el que el sitio común es la butaca de las grandes salas en las que las historias unen a todos los que ahí nos congregamos para contarle al mundo en qué están pensando los creadores, qué nuevas formas de narrar se han explorado, qué cuentos nos sacudieron y qué nos sigue emocionando.

Y este año las imágenes que llegan desde Venecia tomadas por los colegas que sí lograron poner un pie en el Lido son espejo de lo que estamos viviendo en otros rincones, pues al final la burbuja de los festivales, con sus microcosmos, se convierten en una muestra bastante certera de lo universal.

Y es que ver las filas para entrar a la proyección de la nueva película de Almodóvar casi vacías, el Palazzo del Cinema con eco el día de la inauguración o la alfombra roja bordeada por un gran muro para evitar que los curiosos y fans se aglomeren ahí para saludar a sus estrellas es una metáfora de lo que nos ha traído la pandemia: lo inimaginable.

Pero, como bien declaró en el arranque de la Muestra Cate Blanchett, la actriz australiana que este año funge como presidenta del Jurado más femenino en la historia veneciana: “Contra viento y marea, contra el virus y con mascarilla, la Mostra más antigua del mundo sigue viva y estamos aquí”.

Y es que este año no se trata de ver grandes estrellas desfilar por la alfombra roja, ni siquiera de las películas que compiten sino de salvar el cine, las salas, el acto comunitario de experimentar arte juntos, de lograr que una industria que está en plena transformación logre sobrevivir a esta crisis sin precedentes que no vio venir porque sus batallas estaban centradas en lograr movilizar a las personas a las salas que de forma inesperada se tuvieron que cerrar.

El que siga habiendo un festival que se haya levantado las enaguas de sus 77 años de experiencia y prestigio, y logrado adaptarse a los tiempos que corren, en realidad se trata de que ese gran muro en la alfombra roja de Venecia que hoy divide a la gran audiencia de la experiencia cinematográfica no se quede instalado para siempre en nuestras mentes.

Lo imperdonable de Ellen DeGeneres

Columna publicada en El Universal

Es indignante lo que ocurrió alrededor de la productora de The Ellen DeGeneres show, pues le arrebató al público la idea del personaje extraordinario que representaba la lucha por la igualdad

El caso de Ellen DeGeneres —una de las presentadoras más amadas de EU que últimamente ha caído en desgracia tras las acusaciones de abusos, racismo y acoso en su famoso programa The Ellen DeGeneres show— ha sido uno de los más decepcionantes que han seguido los medios de todo el mundo del entretenimiento.

Lo que ha ocurrido dentro de su productora, en la que se suponía se creaba un proyecto cuya misión era generar felicidad es indignante.

Era una mujer que luchaba por la diversidad, una figura solidaria que actuaba como catalizador en la sociedad mega capitalista de EU y que salió con valentía del armario para abrirle camino a otras celebridades que temían hacerlo y que luchó por los derechos de la comunidad LGTB.

En los casi 17 años que duró su programa no hubo figura que no se sentara en su butaca de entrevistados: fue desde Barack Obama hasta Brad Pitt, pasando por otra de las mujeres más influyentes de América, Oprah Winfrey. La lista es infinita.

Pero no, resulta que todo era un espejismo, una perfecta maquinaria de mercadotecnia para crear el personaje de esta mujer humanitaria y cercana que generaba una fortuna con su show, cientos de empleos y de intereses, empezando por los de ella misma que con este personaje cobraba un sueldo de 50 millones de dólares anuales.

La realidad, se descubrió, es que tras bambalinas Ellen era una jefa prepotente, ambiciosa, caprichosa y abusiva.

Que sus empleados callaron durante mucho tiempo por miedo a las represalias y a que la opinión pública nunca hubiera querido creer la realidad, pues renunciar a lo que Ellen nos vendía es muy duro.

Darse cuenta de que esa persona que te hace reír y que el mundo parezca un poco más amable es mentira enoja porque quizá lo más grave de todo esto es la decepción que queda tras descubrir, otra vez más, que no podemos creer en nadie y que el final feliz no existe.

Por ello es que la posible renuncia de Ellen sabe a poco en medio de todo el escándalo, porque aunque haya un cierto dejo de justicia al saber que se tendrá que someter al escrutinio público, que perderá privilegios y que del amor pasará al odio como ha sucedido con tantas otras estrellas a quienes la verdad los ha alcanzado, el daño es irreparable porque el mensaje que ha dejado es el de que no existen las buenas intenciones en el mundo de los reflectores y nos quita el pequeño espacio que nos quedaba para darle cabida a la ingenuidad, a pensar que tal vez existía alguien que cuando todo se ponía oscuro, nos hacía reír y recordar que hay lugares felices. Que DeGeneres nos haya arrebatado a Ellen es imperdonable.

Profecías del cine que nos alcanzaron

Columna publicada en El Universal

Es abrumadora la cantidad de veces que la realidad supera a la ficción. El coronavirus ha despertado esa sensación más que nunca.

Cuántas veces vimos en una película futurista la amenaza de una pandemia y nos parecía una locura lejana. Y ya está aquí.

Imposible que al escribir estas líneas no me vengan a la mente otras historias como la de Children of men, dirigida por Alfonso Cuarón, en donde la humanidad empieza a ver desaparecer sus fronteras de forma abrumadora para los imperios y estos reaccionan enjaulando a los inmigrantes “ilegales” ¿Les suena? Cuando la vimos por primera vez en Venecia en 2006 era eso, una película de ciencia ficción.

Y hoy, de tanto que hemos escuchado estas historias de niños “ilegales” enjaulados por cruzar la frontera, han dejado de ser noticia.

Entrecomillo el término porque estoy de acuerdo en que ningún ser humano que pise otra tierra es ilegal.

En esta tesitura llega un filme a las pantallas que vuelve a estremecer la conciencia al ver lo bien que refleja la realidad.

Se trata de Waiting for the barbarians (Esperando a los bárbaros), basado en la novela homónima de J.M. Coetzee y dirigida por Ciro Guerra. Sí, el director colombiano al que también ha salpicado el #MeToo y cuyo estreno de esta cinta protagonizada por Johnny Depp y Robert Pattinson le llega en medio de la polémica y el desprestigio de ser catalogado como un presunto abusador sexual.

Recalco la presunción de este delito, pues aún no ha habido un juicio y hasta el momento todas las denuncias que acaban de salir a la luz hace escasas semanas se están investigando.

Independientemente a ello y en espera de que el peso de la justicia caiga en donde tenga que ser, la cinta merece la pena pues es una metáfora exacta de lo que ocurre en nuestras fronteras con Estados Unidos.

El filme habla del peligro de poner en la mente de las personas y de los ejércitos un enemigo imaginario, inexistente, que causa tanto temor y la gente se cree como real para acabar provocando las peores guerras, masacres y violencia pero que al mismo tiempo sirve para fortalecer al imperio que al medirse con ese enemigo que siente que controla se erija poderoso.

El año pasado, cuando esta cinta se estrenó en el Festival de Venecia, el propio Guerra me recalcó que esta historia, aunque se sitúe en otra época, es una historia de ahora y que el discurso xenófobo es siempre el mismo y responde a la idéntica y bárbara costumbre de sobrevivir de los imperios, de todos ellos.

Cuando Trump intenta culpar a los mexicanos de los contagios imparables de coronavirus en Texas hace este ejercicio, igual que Depp o Pattinson lo hacen al llegar a esa tierra que se sitúa precisamente en una frontera colonial imaginaria al borde del desierto y justo en el límite del imperio.

Y no son coincidencias, tampoco es que los escritores y directores sean videntes, sólo son personas que miran, indagan, escuchan, que vuelven a la Historia, sí, la Historia con H mayúscula que nos revela todo lo que fuimos y lo que, si no hemos aprendido la lección, volveremos a ser.

Aprender a saborear las películas

Columna publicada en El Universal

Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.

En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las películas nada más terminar de verlas.

Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión, un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando varias noches al final te hizo clic.

Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que si le puedo explicar por qué es tan buena.

Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del proceso de digerirla. La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el desconcierto al final.

Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.

Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo en las salas y tener la misma experiencia.

Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.

Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las historias nos toquen, nos cambien.

No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de entretener también es muy válida, pero que no son comparables.

Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.

Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.

Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.

Inmunidad a la venta

Columna publicada en El Universal

En los últimos días, los mensajes que nos llegan más allá de la pandemia son de una profunda crisis de valores que lleva décadas calando profundo en la sociedad norteamericana pero que encontró terreno fértil para hacerse patente en los tiempos en los que todo parece ser permitido, pues aquello de que nadie está sobre la ley no se ha cumplido en la actual América de las libertades cada vez más atropelladas por el mandatario estadounidense cuya inmunidad se ha blindado.

Para darle una nueva bofetada al sistema Netflix acaba de lanzar el documental Jeffrey Epstein: Filthy Rich, en donde en cuatro episodios se puede ver la trama de abuso a menores, tráfico de adolescentes y otras tantas aberraciones que un billonario carismático logró hacer durante décadas y ante las que las más altas esferas del mundo cerraron los ojos.

Sí, Epstein era un pedófilo, un manipulador y un criminal pero también era billonario, amigo de los Clinton, de Trump o del príncipe Andrés de York entre otros nombres de élite que lo protegieron hasta que las evidencias hicieron imposible que siguiera impune y entonces fue encarcelado en una prisión de máxima seguridad en la que se suicidó.

Hay muchas evidencias que apuntan a que el suicidio fue en realidad un asesinato para evitar que otros poderosos cayeran, si a Epstein se le ocurría hablar, así que el meollo del asunto está en la ira que produce comprobar que la inmunidad sí se puede comprar.

En esa misma tesitura está la indignación que ha generado la muerte del afroamericano George Floyd por la brutalidad de un policía blanco.

Parecería un tema aislado al de Epstein pero no lo es, pues estas muertes repetidas de afroamericanos a manos de fuerzas blancas son una epidemia y un síntoma de lo que se esconde en esta sociedad en donde los más vulnerables siempre son los más desfavorecidos y en donde el discurso reinante es que está bien saltarse las normas porque al final, el que más tiene, gana.

Y si ha habido un medio que ha mostrado este racismo que no es políticamente correcto reconocer pero que se respira en todos los ámbitos de la vida estadounidense ha sido el cinematográfico.

Sin embargo, pese a que se han hecho grandes películas que denuncian estos abusos magistralmente Hollywood también ha sido parte de este cáncer que carcome a la sociedad y por ello no debe extrañar que, aunque haya muchos famosos que desde sus redes sociales se manifiesten en contra de lo ocurrido o pongan sus perfiles en negro, sus colegas les repliquen con otro tuit preguntando qué más van a hacer para terminar con el racismo.

Algunos como Jane Fonda ya se han puesto manos a la obra movilizando sus influencias, otros como Steve Carrell o Cynthia Nixon han pagado las fianzas de los manifestantes encarcelados.

Pero la pregunta desesperada que aún está sin responder es, ¿qué más vamos a hacer, como sociedad y personas? La única respuesta que parece unánime y no discrimina es: votar.

Cultura en tiempos de pandemia

Columna publicada en El Universal

¿Qué pasaría si no hubiera música, películas, libros y arte a los cuales recurrir en estos días de cuarentena?, es una pregunta que he visto circular constantemente por las redes sociales.

No puedo imaginarme un encierro como el que estamos viviendo sin esos escapes. Y, sin embargo, aún se sigue poniendo en tela de juicio la importancia de no dejar que la cultura muera, de rescatar las salas de cine que posiblemente cerrarán en muchas ciudades del mundo y de lo fundamental de las ayudas para no asfixiar a nuestros artistas, esas personas que nos regalan la posibilidad de explorar otros mundos, de visitar distintas realidades y lo más importante, de reflexionar.

Hace unas semanas el cineasta británico Christopher Nolan, director de Dunkirk, le escribió una carta al Congreso de Estados Unidos en la que le imploraba que no dejara de ayudar a la industria cinematográfica más potente del mundo.

“Cuando esta crisis pase, la necesidad de la participación colectiva humana, la necesidad de vivir, amar, reír y llorar juntos, será más poderosa que nunca”, apuntaba en la carta abierta que le publicó el diario The Washington Post.

Y es que es en los momentos de crisis como éstos en donde lo esencial empieza a dejar de ser invisible y se manifiesta con claridad ante nuestros ojos. Como la gran necesidad de mantener vivo al periodismo objetivo, veraz y ético. De contar con fuentes, cronistas y buscadores de la realidad que nos transmitan lo que está pasando sin filtros políticos o económicos, en dónde la profesión vuelve a recobrar su pulso vital tan desgastado y golpeado por la hiper información a la que estamos expuestos con la tecnología.

Siempre he sido una romántica de esta profesión, una fiel creyente de que sólo a través de una escritura limpia, curtida a base de esfuerzo y honestidad, se pueden combatir a grandes enemigos como el ego de los mandatarios, las trampas de los poderosos o los discursos masivos dictados por las agendas interesadas.

Y es en momentos de esta zozobra cuando el periodismo más puro se vuelve esencial para respirar y encontrar los caminos, para acompañar a los líderes que logran tomar las riendas y vigilar a los que las sueltan. Para ser ese cuarto poder que regula los gritos de los que mandan y darle la voz a los más indefensos.

También para eso está la cultura, para darnos oxígeno y recordarnos que somos más fuertes de lo que pensábamos, para vernos reflejados en esos héroes y en esas víctimas, para reírnos muy fuerte cuando al corazón lo están apretando demasiado o ayudar a que fluyan esas lágrimas que se han secado de tanto retenerlas ¿Quién no se ha refugiado en las historias o en la música estos días? ¿Quiénes han estado ahí para contarnos lo que está ocurriendo más allá de nuestras cuatro paredes de confinamiento?

Cuando todo pase y volvamos a las prisas del día a día no olvidemos lo que se nos reveló como esencial y no dejemos de protegerlo porque de otra forma no habremos aprendido nada y, cuando llegue la siguiente pandemia, seremos más vulnerables.

Cómo aprender a vivir entre cuatro paredes

Columna publicada en El Universal

Grand Central estaba casi vacío y Broadway apagó sus luces por tiempo indefinido. La imagen desoladora de Times Square que hubiera sido impensable hace apenas dos semanas se hizo realidad de forma vertiginosa.

La ciudad que se caracteriza por sus restaurantes, bares y ocio colgó los carteles de cerrado por todas partes: museos, peluquerías, spas. Todo se detuvo.

Y nos metimos a nuestras casas, con los niños aprendiendo a distancia y la tecnología más presente que nunca.

Pero la vida no se detiene y después de varias jornadas de angustia y de dar vueltas por la casa torpemente se empiezan a encontrar nuevas formas de conectar.

Las estrellas de Broadway no han dejado de cantar, por ejemplo, y hace dos días comenzaron a ofrecer conciertos en vivo desde plataformas creadas para sobrevivir a la pandemia a ambos lados de la pantalla.

Lo mismo pasó con los museos que dan tours virtuales a sus salas, la Opera Metropolitana que ofrece sus programas en streaming y los cientos de webs que dan ideas para entretener a los pequeños que revolotean por la casa.

Entretenimiento sobra, lo que hace falta es encontrar nuevas rutinas que nos ayuden a pasar las horas sintiendo que seguimos respirando.

Lo que estamos aprendiendo los que llevamos algunas semanas de ventaja en esto del confinamiento es que hay estrategias que son clave para sobrevivir al día a día más allá de la tecnología y es la de buscar un nuevo orden.

Sí, hay que tener horarios y disciplina incluso cuando la tentación de quedarse más tiempo en la cama es muy grande o cuando parece el mejor momento para darse un atracón de series.

Los que tenemos hijos hemos encontrado alivio en la escuela a distancia porque a pesar de que los padres tenemos que compaginar el trabajo con habernos convertido en profesores de la noche a la mañana ellos agradecen tener actividades claras y eso al final es lo que empieza a traer la calma.

Entre cuatro paredes también se aprende cómo dar abrazos y tomar cafés por videoconferencia, se extraña a los verdaderos amigos y se empieza a hacer limpieza de armarios pero también mental. Se van borrando listas de cosas por hacer, compromisos y personas.

Se vuelven a hacer rompecabezas, a buscar libros qué leer y recetas que cocinar a fuego lento.

El ejercicio se vuelve vital para mantenernos con la mente clara y los días en que se tiene más fuerza de voluntad y comemos sano comprobamos que estamos más equilibrados.

También se ríe más en las comidas familiares en donde ya no hay prisas, empiezan a surgir conversaciones para las que antes no había lugar en la agenda, se piensa más, se siente más.

Y nos empezamos a dar cuenta de las cosas que nos sobraban y con las que de verdad queremos vivir.

El confinamiento es una especie de pausa en el mundo. Y se tienen días muy malos, sí. Desesperantes, también. Pero lo que nos permite seguir adelante son los buenos, esos en los que tenemos la certeza de que somos más fuertes de lo que pensábamos y de que esto pasará.

Porque así será: pasará.

¿Hemos visto demasiadas películas apocalípticas?

Columna publicada en El Universal

Quizá te sientas familiarizado con esta imagen que se ha hecho muchas veces en el cine de una presentadora de televisión avisando del surgimiento de una nueva enfermedad que pronto se convertirá en una pandemia y empezará a matar a todos, hasta a los personajes con los que ya te habías encariñado y pensabas que el guionista no se atrevería a tocar.

También hay las que te muestran lo que ocurre después de la gran catástrofe y a lo que tienen que enfrentarse los sobrevivientes.
Ambas historias son aterradoras y juegan con el miedo más primitivo y auténtico que todos tenemos: a lo desconocido. Por eso son tan poderosas. Y sí, mientras te voy describiendo estas escenas seguro te habrán venido a la mente imágenes de películas como Contagion, Children of men, Blindness, 28 days later, entre mucha otras de una extensa lista que has ido acumulando en tu memoria.

Lo cierto es que a ese miedo tan primario que el cine ha retratado a veces muy bien y otras no tanto, hay que añadirle la noción que tenemos hoy en día de lo letal que es estar en un mundo globalizado en el que todo viaja de forma vertiginosa.

Lo más peligroso en estos casos de pánico global no es la situación que lo causa en sí misma sino el miedo al miedo que ésta genera (valga la redundancia).

Con el surgimiento del coronavirus estamos viviendo una muestra clara del peligro de la sobreinformación en la que estamos inmersos actualmente y que causa tanta confusión.

En una misma mañana puedes leer una nota en donde se arma que la OMS ha aceptado que el virus era más grave de lo que se creía y otra en la que el ángulo científico es que el virus no causa tantas muertes como la gente cree.

Y entonces, ¿con qué te quedas? Con el pánico de las personas que se va expandiendo y contagiando a otras de histeria llevándolas a vaciar los supermercados, dejando sin mascarillas a toda la comunidad médica y llenando los armarios de desinfectante.

Estos días Nueva York y alrededores parecía una auténtica película en donde hordas de gente acudían en masa a los supermercados para llenar sus carritos hasta el tope de arroz, frijoles, latas de atún, agua y rollos de papel higiénico (cada quien sus preocupaciones).

Las escuelas, trabajos e instituciones empezaron a avisar planes de contingencia en caso de que la situación se complicara. Y es que sin saberlo, toda la gente ya estaba contagiada. Sí, de miedo.

Un efecto dominó en el que cuando ves a todos llenar sus despensas empiezas a cuestionarte: “¿seré yo la que está equivocándose al no hacer nada?” Entonces viene a la cabeza la imagen de algún personaje que nunca pensó que lo que estaba ocurriendo era realmente grave y de cómo tú al verlo desde afuera deseabas gritarle que se diera cuenta de lo que era tan obvio.

Es la diferencia entre realidad y ficción: en la segunda sabes que todo acabará; en la primera no tienes ni idea de lo que sigue y eso nos tiene desconcertados, no conocemos el final y nada es obvio.

La película que deberíamos escribir

Columna publicada en El Universal

Llevamos décadas viendo en las pantallas del cine imágenes dolorosas y brutales de la violencia que existe en nuestro país. 

Historias que han reflejado la gran descomposición social que se vive en México y que han causado conmoción. 

Sin embargo, con tristeza, esta semana comprobamos que lo que hemos visto en la gran pantalla y tanto nos perturba no ha logrado imaginar hasta dónde puede llegar el horror de la realidad. 

El asesinato de la pequeña Fátima ni el guionista más oscuro hubiera podido escribirlo, no se hubiera atrevido a pesar de ser ficción. 

Y sin embargo, es una historia que ha ocurrido. ¿Qué tiene que pasar en una sociedad para permitir esto?

Sobrecoge el corazón y sacude reflexionar respecto al tema. 

Ahora la pregunta es, ¿hasta cuándo? ¿Será otra muerte de la que hablemos durante días en las redes sociales hasta que ocurra otra y otra y otra más? 

Si estuviéramos en una película hollywoodense es aquí cuando estaríamos esperando que surgiera el héroe, el respiro en la historia, el giro que nos llevara a un final feliz porque no soportaríamos seguir viendo esta trama si no hay algo de lo que podamos agarrarnos. 

Aquí es donde viene el trabajo de nosotros como personas y como sociedad de pensar, ¿qué vamos a hacer para darle sentido a estos hechos? ¿Qué acciones, valores, comunidades, asociaciones pueden ser nuestros héroes? ¿Hacia dónde vamos a dirigir todo este dolor? 

Necesitamos construir nuevos caminos, posibilidades y herramientas. 

A mí me gustaría escribir un guión para México en donde no haya cabida para la indiferencia ni el egoísmo y a raíz de tocar fondo con este asesinato se viera cómo va surgiendo una fuerza poderosísima que se va haciendo más fuerte que el villano. 

Una manifestación tan potente de rechazo a lo que ocurre ante la cual los políticos de todos los partidos no puedan hacer más que escuchar. 

Comunicadores, escritores, celebridades, artistas, empresarios, financieros unidos para desatar una gran campaña contra la violencia que mueva a las personas en masa a sumarse a los pequeños esfuerzos que juntos sean infinitos, en donde todos podamos parar un segundo y saber que esto es urgente, importante y que si no hacemos algo hoy, seguirá pasando. 

Un proyecto realizado por el experto italiano en infancia, Francesco Tonucci, explicó cómo las sociedades más seguras son aquellas en las que los niños pueden ir caminando solos a sus casas desde el colegio y estar en las calles porque eso indica que hay una comunidad que los cuida, en la que los adultos son confiables y donde si algún chico de la tribu está en problemas alguien sin duda acudirá a ayudarlo. 

Mi película tendría ese final, el de un México en el que las personas después de tanto dolor han decidido decir basta y crear entornos seguros, en donde una pequeña Fátima al salir de la escuela llega a su casa porque la mujer que le tiende la mano es su protectora. 

El filme que ya no soporto es el que al terminar nos deja con el nudo en la garganta y el estómago revuelto. 

La película que tristemente no hemos podido dejar de escribir y ver en nuestras pantallas. 

¡Basta ya!

Hablar del pasado es actual

Columna publicada en El Universal.

Difiero en absoluto de quienes piensan que mirar hacia el pasado no tiene aprendizajes para la actualidad. La frase que se le ha atribuido a Confucio y Napoleón Bonaparte que dice que “aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla” no podría ser más cierta.

Últimamente he escuchado muchas quejas acerca de cómo el cine se ha volcado demasiado en explorar situaciones de otras épocas o en hacer ciertos remakes dejando al lado la modernidad. Para mí, la clave está en analizar a profundidad qué remake se está haciendo y qué tema se está revisitando.

Porque sí, Mujercitas, a pesar de haber sido escrita en 1868 por Louisa May Alcott, aún habla de muchas cosas que siguen sucediendo y de temas que son vigentes. No es extraño pues, que a pocos años del #MeToo y de que se den a conocer cifras de escándalos de cómo en el siglo XXI sigue existiendo el techo de cristal y una desigualdad salarial para las mujeres en la gran mayoría de los países del mundo, Mujercitas y esa Jo que sueña con vivir de su escritura resuene en muchas madres e hijas.

Sobra decir que el mundo está lleno de Megs, Amys, Beths y Marmees. Y lo cierto es que es bello poder ver esas historias envueltas en vestuarios y escenarios de otra época que por más lejana que esté, conecta y dice algo valioso hoy en día.

Qué decir de las películas de guerra. “¿Otra más?”, es la pregunta que he escuchado constantemente. Otra más, pero ojo, que si se trata de 1917 o de Jojo Rabbit no nos están diciendo algo nuevo sino que nos están recordando algo importante: la guerra duele, el odio destruye, los extremos son peligros. Alrededor de los días en que 1917 se estrenó en salas, la crispación entre Estados Unidos e Irán estaba llegando al límite en el que nadie descartaba el inicio de la tercera guerra mundial.

Así es que no puedo pensar en un tema más vigente y oportuno que en el de ambas películas, porque cuando las personas piensan que ya basta de hablar de Hittler, surge una película que de forma brillante nos vuelve a recordar lo que pasa con el fascismo. En una Europa cada vez más polarizada, con los gobiernos de extrema derecha ganando cada vez más terreno, es importante recordar lo que ocurre cuando estos llegan al poder.

El cine está hecho para entretenernos, sí, pero también para provocarnos la reflexión, para actuar como un espejo y plasmar lo que nos ocurre y lo que no hemos aprendido y tenemos que volver a vivir una y otra vez aunque sea a través de la ficción.

Y sí, también hay cintas que buscan la taquilla fácil, que carecen de contenido y de invención, que pueden estar disfrazadas de tecnología, de temas “actuales” y de aseveraciones superficiales. La calidad y profundidad de las mismas no tiene que ver con el año en el que se sitúan, la época que les da contexto o el tema que se está abordando sino con cómo lo hacen, hacia dónde te llevan.

En ese sentido, mirar al pasado no podría ser más progresista.