Autor: Alejandra Musi

Inmunidad a la venta

Columna publicada en El Universal

En los últimos días, los mensajes que nos llegan más allá de la pandemia son de una profunda crisis de valores que lleva décadas calando profundo en la sociedad norteamericana pero que encontró terreno fértil para hacerse patente en los tiempos en los que todo parece ser permitido, pues aquello de que nadie está sobre la ley no se ha cumplido en la actual América de las libertades cada vez más atropelladas por el mandatario estadounidense cuya inmunidad se ha blindado.

Para darle una nueva bofetada al sistema Netflix acaba de lanzar el documental Jeffrey Epstein: Filthy Rich, en donde en cuatro episodios se puede ver la trama de abuso a menores, tráfico de adolescentes y otras tantas aberraciones que un billonario carismático logró hacer durante décadas y ante las que las más altas esferas del mundo cerraron los ojos.

Sí, Epstein era un pedófilo, un manipulador y un criminal pero también era billonario, amigo de los Clinton, de Trump o del príncipe Andrés de York entre otros nombres de élite que lo protegieron hasta que las evidencias hicieron imposible que siguiera impune y entonces fue encarcelado en una prisión de máxima seguridad en la que se suicidó.

Hay muchas evidencias que apuntan a que el suicidio fue en realidad un asesinato para evitar que otros poderosos cayeran, si a Epstein se le ocurría hablar, así que el meollo del asunto está en la ira que produce comprobar que la inmunidad sí se puede comprar.

En esa misma tesitura está la indignación que ha generado la muerte del afroamericano George Floyd por la brutalidad de un policía blanco.

Parecería un tema aislado al de Epstein pero no lo es, pues estas muertes repetidas de afroamericanos a manos de fuerzas blancas son una epidemia y un síntoma de lo que se esconde en esta sociedad en donde los más vulnerables siempre son los más desfavorecidos y en donde el discurso reinante es que está bien saltarse las normas porque al final, el que más tiene, gana.

Y si ha habido un medio que ha mostrado este racismo que no es políticamente correcto reconocer pero que se respira en todos los ámbitos de la vida estadounidense ha sido el cinematográfico.

Sin embargo, pese a que se han hecho grandes películas que denuncian estos abusos magistralmente Hollywood también ha sido parte de este cáncer que carcome a la sociedad y por ello no debe extrañar que, aunque haya muchos famosos que desde sus redes sociales se manifiesten en contra de lo ocurrido o pongan sus perfiles en negro, sus colegas les repliquen con otro tuit preguntando qué más van a hacer para terminar con el racismo.

Algunos como Jane Fonda ya se han puesto manos a la obra movilizando sus influencias, otros como Steve Carrell o Cynthia Nixon han pagado las fianzas de los manifestantes encarcelados.

Pero la pregunta desesperada que aún está sin responder es, ¿qué más vamos a hacer, como sociedad y personas? La única respuesta que parece unánime y no discrimina es: votar.

Por las calles de Nueva York

Es verdad que un día todo habrá pasado, que miraremos hacia atrás y recordaremos estos días como si hubieran sido una película en la que pusieron pausa a nuestros planes, a lo que falsamente conocíamos como seguro y de pronto se nos volvió tan frágil.

Será el momento en el que por fin podremos descifrar lo que estábamos viviendo y encontraremos los por qué pero mejor aún, los para qué. Y esas calles desiertas que se han convertido en el día a día de ciudades como Nueva York parecerán el set de una película inquietante.

Pero mientras eso ocurre estaba cansada de sólo mirar por la ventana e imaginar cómo era la 5ª Avenida sin gente, qué decir de Times Square, el lugar que llevaba años evitando por fobia a las multitudes.

Así que la tarde de un viernes de abril de este 2020 hice el recorrido que apenas dos meses antes hubiera sido una locura hacer ese día y a esas horas con un coche por el tráfico infernal habitual. Llevaba hablando de lo que es esta ciudad desierta durante semanas con lo poco que podía imaginar porque también estaba encerrada. Hasta que me harté y decidí verle los ojos a la pandemia de una vez por todas.

Confieso que iba con miedo: “las patrullas te pueden parar al momento de circular por ahí, habrá muchas calles cerradas”, me decían los amigos.

No me importó. Bordeé toda la ciudad por el río desde el oeste de Harlem hasta Battery Park y al llegar a la calle sesenta por el lado este de Manhattan, empecé a callejear hasta toparme con Central Park para de ahí bajar por la Quinta y girar a la derecha en la calle cuarenta y dos.

Y sí, no tardé en comprobar que las postales de Twitter, de los drones, de las imágenes de las noticias a las que se empezaba a acostumbrar mi retina eran ciertas. No había nadie en Central Park, Rockefeller Center estaba vacío y las luces de Broadway que continuaban encendidas eran lo único de afuera que recordaba el bullicio cotidiano.

Sin embargo, de forma inesperada, la sensación que me traje en la piel es que la ciudad está llena de viva. Cientos de luces en los edificios, aplausos en los balcones, gente corriendo al lado del río a pesar del sofoco que producen las mascarillas. Sí me encontré policías, muchos, pero no me miraron, iba rodeada de otros coches que como yo, circulaban libremente por la calle sin restricciones. “Seguimos teniendo libertad”, pensé, y comprobar eso no fue poca cosa, fue todo.

También darme cuenta de que lo que nadie te dice cuando toma esas imágenes de las calles desiertas es que lo que se ve en la foto no es lo que se siente al estar ahí, porque al menos para mí, todo vibraba. Con impaciencia, sí, pero con esperanza, también. Ahora, cuando veas una postal con los ojos de la pandemia y te estremezca te dejo también esta sensación: las ciudades respiran.

Porque muchos ojos están mirando esa misma plaza vacía o esa misma calle en la que antes era difícil transitar sin acelerar el paso para esquivar a los tumultos.

Están ahí y lo hacen desde las ventanas y sueñan y se emocionan. Como tú.

Premian la fotografía de Alejandro Mejía en TriBeca

Información publicada en El Universal

Muestra en la cinta 499 cómo es hoy la ruta que los conquistadores tomaron en 1521

Nueva York.— Ganar un premio como el que Alejandro Mejía recibió en TriBeCa es de las mayores satisfacciones que un cinematógrafo puede tener en su carrera.

Sin embargo, a Mejía le tocó recibir este galardón de forma virtual, como todo lo que sucede en la ciudad de los rascacielos y en el mundo desde que explotó la pandemia.

Este premio le llegó por su trabajo en la película 499, dirigida por otro compatriota, Rodrigo Reyes.

La cinta no se pudo presentar en el gran teatro como estaba planeado y jurado y prensa la tuvieron que ver desde las pantallas de sus computadoras.

TriBeCa tuvo que optar por el mundo virtual para llevarse a cabo. Al realizarse en abril, en pleno brote del coronavirus en Nueva York, tuvo que tomar el riesgo de ser uno de los primeros festivales en optar por el mundo virtual para llevarse a cabo.

“Fueron momentos de confusión y un poco de decepción. Llevábamos meses soñando con el momento de presentar la película en las salas neoyorquinas, con podernos reunir aquí el equipo y de pronto todo cambió”, contó desde su departamento en Brooklyn el cineasta que ha seguido el confinamiento y que tuvo que celebrar su premio en una fiesta en zoom con su equipo, amigos y familia.

“Ha sido una sensación rara porque te hace falta la retroalimentación del público, el ver cómo es recibida la cinta, las reacciones. Nunca imaginé que el día que ganara un premio tan importante, si llegaba el momento, lo recibiría enterándome por un e-mail y la nota online de una revista.

“El que todo esté tranquilo hizo que se vieran películas que de otra forma no se apreciarían”, apuntó el mexicano que fotografió con sutileza y maestría la llegada de un conquistador al México de 2018 para comprobar que el país está sumido en la violencia. “Es una película única en la que combinamos ficción con documental”.

Cultura en tiempos de pandemia

Columna publicada en El Universal

¿Qué pasaría si no hubiera música, películas, libros y arte a los cuales recurrir en estos días de cuarentena?, es una pregunta que he visto circular constantemente por las redes sociales.

No puedo imaginarme un encierro como el que estamos viviendo sin esos escapes. Y, sin embargo, aún se sigue poniendo en tela de juicio la importancia de no dejar que la cultura muera, de rescatar las salas de cine que posiblemente cerrarán en muchas ciudades del mundo y de lo fundamental de las ayudas para no asfixiar a nuestros artistas, esas personas que nos regalan la posibilidad de explorar otros mundos, de visitar distintas realidades y lo más importante, de reflexionar.

Hace unas semanas el cineasta británico Christopher Nolan, director de Dunkirk, le escribió una carta al Congreso de Estados Unidos en la que le imploraba que no dejara de ayudar a la industria cinematográfica más potente del mundo.

“Cuando esta crisis pase, la necesidad de la participación colectiva humana, la necesidad de vivir, amar, reír y llorar juntos, será más poderosa que nunca”, apuntaba en la carta abierta que le publicó el diario The Washington Post.

Y es que es en los momentos de crisis como éstos en donde lo esencial empieza a dejar de ser invisible y se manifiesta con claridad ante nuestros ojos. Como la gran necesidad de mantener vivo al periodismo objetivo, veraz y ético. De contar con fuentes, cronistas y buscadores de la realidad que nos transmitan lo que está pasando sin filtros políticos o económicos, en dónde la profesión vuelve a recobrar su pulso vital tan desgastado y golpeado por la hiper información a la que estamos expuestos con la tecnología.

Siempre he sido una romántica de esta profesión, una fiel creyente de que sólo a través de una escritura limpia, curtida a base de esfuerzo y honestidad, se pueden combatir a grandes enemigos como el ego de los mandatarios, las trampas de los poderosos o los discursos masivos dictados por las agendas interesadas.

Y es en momentos de esta zozobra cuando el periodismo más puro se vuelve esencial para respirar y encontrar los caminos, para acompañar a los líderes que logran tomar las riendas y vigilar a los que las sueltan. Para ser ese cuarto poder que regula los gritos de los que mandan y darle la voz a los más indefensos.

También para eso está la cultura, para darnos oxígeno y recordarnos que somos más fuertes de lo que pensábamos, para vernos reflejados en esos héroes y en esas víctimas, para reírnos muy fuerte cuando al corazón lo están apretando demasiado o ayudar a que fluyan esas lágrimas que se han secado de tanto retenerlas ¿Quién no se ha refugiado en las historias o en la música estos días? ¿Quiénes han estado ahí para contarnos lo que está ocurriendo más allá de nuestras cuatro paredes de confinamiento?

Cuando todo pase y volvamos a las prisas del día a día no olvidemos lo que se nos reveló como esencial y no dejemos de protegerlo porque de otra forma no habremos aprendido nada y, cuando llegue la siguiente pandemia, seremos más vulnerables.

Cómo aprender a vivir entre cuatro paredes

Columna publicada en El Universal

Grand Central estaba casi vacío y Broadway apagó sus luces por tiempo indefinido. La imagen desoladora de Times Square que hubiera sido impensable hace apenas dos semanas se hizo realidad de forma vertiginosa.

La ciudad que se caracteriza por sus restaurantes, bares y ocio colgó los carteles de cerrado por todas partes: museos, peluquerías, spas. Todo se detuvo.

Y nos metimos a nuestras casas, con los niños aprendiendo a distancia y la tecnología más presente que nunca.

Pero la vida no se detiene y después de varias jornadas de angustia y de dar vueltas por la casa torpemente se empiezan a encontrar nuevas formas de conectar.

Las estrellas de Broadway no han dejado de cantar, por ejemplo, y hace dos días comenzaron a ofrecer conciertos en vivo desde plataformas creadas para sobrevivir a la pandemia a ambos lados de la pantalla.

Lo mismo pasó con los museos que dan tours virtuales a sus salas, la Opera Metropolitana que ofrece sus programas en streaming y los cientos de webs que dan ideas para entretener a los pequeños que revolotean por la casa.

Entretenimiento sobra, lo que hace falta es encontrar nuevas rutinas que nos ayuden a pasar las horas sintiendo que seguimos respirando.

Lo que estamos aprendiendo los que llevamos algunas semanas de ventaja en esto del confinamiento es que hay estrategias que son clave para sobrevivir al día a día más allá de la tecnología y es la de buscar un nuevo orden.

Sí, hay que tener horarios y disciplina incluso cuando la tentación de quedarse más tiempo en la cama es muy grande o cuando parece el mejor momento para darse un atracón de series.

Los que tenemos hijos hemos encontrado alivio en la escuela a distancia porque a pesar de que los padres tenemos que compaginar el trabajo con habernos convertido en profesores de la noche a la mañana ellos agradecen tener actividades claras y eso al final es lo que empieza a traer la calma.

Entre cuatro paredes también se aprende cómo dar abrazos y tomar cafés por videoconferencia, se extraña a los verdaderos amigos y se empieza a hacer limpieza de armarios pero también mental. Se van borrando listas de cosas por hacer, compromisos y personas.

Se vuelven a hacer rompecabezas, a buscar libros qué leer y recetas que cocinar a fuego lento.

El ejercicio se vuelve vital para mantenernos con la mente clara y los días en que se tiene más fuerza de voluntad y comemos sano comprobamos que estamos más equilibrados.

También se ríe más en las comidas familiares en donde ya no hay prisas, empiezan a surgir conversaciones para las que antes no había lugar en la agenda, se piensa más, se siente más.

Y nos empezamos a dar cuenta de las cosas que nos sobraban y con las que de verdad queremos vivir.

El confinamiento es una especie de pausa en el mundo. Y se tienen días muy malos, sí. Desesperantes, también. Pero lo que nos permite seguir adelante son los buenos, esos en los que tenemos la certeza de que somos más fuertes de lo que pensábamos y de que esto pasará.

Porque así será: pasará.

¿Hemos visto demasiadas películas apocalípticas?

Columna publicada en El Universal

Quizá te sientas familiarizado con esta imagen que se ha hecho muchas veces en el cine de una presentadora de televisión avisando del surgimiento de una nueva enfermedad que pronto se convertirá en una pandemia y empezará a matar a todos, hasta a los personajes con los que ya te habías encariñado y pensabas que el guionista no se atrevería a tocar.

También hay las que te muestran lo que ocurre después de la gran catástrofe y a lo que tienen que enfrentarse los sobrevivientes.
Ambas historias son aterradoras y juegan con el miedo más primitivo y auténtico que todos tenemos: a lo desconocido. Por eso son tan poderosas. Y sí, mientras te voy describiendo estas escenas seguro te habrán venido a la mente imágenes de películas como Contagion, Children of men, Blindness, 28 days later, entre mucha otras de una extensa lista que has ido acumulando en tu memoria.

Lo cierto es que a ese miedo tan primario que el cine ha retratado a veces muy bien y otras no tanto, hay que añadirle la noción que tenemos hoy en día de lo letal que es estar en un mundo globalizado en el que todo viaja de forma vertiginosa.

Lo más peligroso en estos casos de pánico global no es la situación que lo causa en sí misma sino el miedo al miedo que ésta genera (valga la redundancia).

Con el surgimiento del coronavirus estamos viviendo una muestra clara del peligro de la sobreinformación en la que estamos inmersos actualmente y que causa tanta confusión.

En una misma mañana puedes leer una nota en donde se arma que la OMS ha aceptado que el virus era más grave de lo que se creía y otra en la que el ángulo científico es que el virus no causa tantas muertes como la gente cree.

Y entonces, ¿con qué te quedas? Con el pánico de las personas que se va expandiendo y contagiando a otras de histeria llevándolas a vaciar los supermercados, dejando sin mascarillas a toda la comunidad médica y llenando los armarios de desinfectante.

Estos días Nueva York y alrededores parecía una auténtica película en donde hordas de gente acudían en masa a los supermercados para llenar sus carritos hasta el tope de arroz, frijoles, latas de atún, agua y rollos de papel higiénico (cada quien sus preocupaciones).

Las escuelas, trabajos e instituciones empezaron a avisar planes de contingencia en caso de que la situación se complicara. Y es que sin saberlo, toda la gente ya estaba contagiada. Sí, de miedo.

Un efecto dominó en el que cuando ves a todos llenar sus despensas empiezas a cuestionarte: “¿seré yo la que está equivocándose al no hacer nada?” Entonces viene a la cabeza la imagen de algún personaje que nunca pensó que lo que estaba ocurriendo era realmente grave y de cómo tú al verlo desde afuera deseabas gritarle que se diera cuenta de lo que era tan obvio.

Es la diferencia entre realidad y ficción: en la segunda sabes que todo acabará; en la primera no tienes ni idea de lo que sigue y eso nos tiene desconcertados, no conocemos el final y nada es obvio.

Con serie, Winona busca la reflexión

Entrevista publicada en El Universal

Winona Ryder protagoniza The plot against America, la nueva serie del canal HBO creada por David Simon y basada en el libro homónimo de Philip Roth, en el que se hubiera hecho su contrincante Charles Lindbergh, simpatizante de los nazis y del fascismo.

En entrevista exclusiva con EL UNIVERSAL a su paso por la alfombra roja en la premier en el Teatro Florence Gould Hall de Nueva York, Winona explicó su interés por esta serie que se estrena esta noche a las 22:00 horas por HBO.

“Una de las razones por las que muchos de los que formamos parte de este proyecto quisimos hacerlo es por cosas como las que están pasando en la frontera ahora mismo. Y es que Frank (Roosevelt) probablemente hoy sería un dreamer. Es realmente momento de hablar, de que la gente se haga escuchar y la forma de hacerlo es votando para terminar estas políticas y atrocidades que están sucediendo con niños siendo capturados en la frontera y atrapados en jaulas.

“Eso estaba muy presente en mi mente cuando David Simon, con quien he trabajado en otras ocasiones, vino a mí con este proyecto. Yo soy una gran fan de Philip Roth y amé este libro y nunca pensé que sería tan relevante en la actualidad pero lo es, tristemente”.

Mostrando con orgullo el libro de Roth, Ryder consideró que ya hemos tenido suficiente.

“Espero que logremos hacer que la gente salga a votar”, agregó.

Sobre lo complicado que es encontrar historias comprometidas y profundas para interpretar, señaló:

“Es realmente difícil, mucho, y agradezco profundamente a David Simon por estas oportunidades. Yo creo que todos le estamos muy agradecidos: desde Zoe (Kazan), Morgan (Spector), Anthony (Boyle) y todos aquí, incluyendo los niños de la serie que, por cierto, son fenomenales”, dijo emocionada.

“Puedes ver qué sensible me pongo al tocar el tema pero es que es algo muy importante y esta serie es de lo que más orgullosa me siento de haber hecho en mi carrera”, armó.

David Simon comentó que si se lee el libro de Roth, se darán cuenta de que es un perfecto ejemplo de lo que actualmente estamos viviendo políticamente.

Roth en su historia mostraba el antisemitismo de los años 40 y la vulnerabilidad de los judíos americanos que escaparon del holocausto en la Segunda Guerra Mundial y la auténtica amenaza histórica que Lindbergh representaba de ganarle a Roosevelt en 1940.

Pero también, dijo, es una alegoría de nuestros tiempos en el sentido de cómo se juzga hoy a poder.

“Hoy en día el antisemitismo está resurgiendo porque en cualquier parte en donde se permita la intolerancia se permite el odio”.

La película que deberíamos escribir

Columna publicada en El Universal

Llevamos décadas viendo en las pantallas del cine imágenes dolorosas y brutales de la violencia que existe en nuestro país. 

Historias que han reflejado la gran descomposición social que se vive en México y que han causado conmoción. 

Sin embargo, con tristeza, esta semana comprobamos que lo que hemos visto en la gran pantalla y tanto nos perturba no ha logrado imaginar hasta dónde puede llegar el horror de la realidad. 

El asesinato de la pequeña Fátima ni el guionista más oscuro hubiera podido escribirlo, no se hubiera atrevido a pesar de ser ficción. 

Y sin embargo, es una historia que ha ocurrido. ¿Qué tiene que pasar en una sociedad para permitir esto?

Sobrecoge el corazón y sacude reflexionar respecto al tema. 

Ahora la pregunta es, ¿hasta cuándo? ¿Será otra muerte de la que hablemos durante días en las redes sociales hasta que ocurra otra y otra y otra más? 

Si estuviéramos en una película hollywoodense es aquí cuando estaríamos esperando que surgiera el héroe, el respiro en la historia, el giro que nos llevara a un final feliz porque no soportaríamos seguir viendo esta trama si no hay algo de lo que podamos agarrarnos. 

Aquí es donde viene el trabajo de nosotros como personas y como sociedad de pensar, ¿qué vamos a hacer para darle sentido a estos hechos? ¿Qué acciones, valores, comunidades, asociaciones pueden ser nuestros héroes? ¿Hacia dónde vamos a dirigir todo este dolor? 

Necesitamos construir nuevos caminos, posibilidades y herramientas. 

A mí me gustaría escribir un guión para México en donde no haya cabida para la indiferencia ni el egoísmo y a raíz de tocar fondo con este asesinato se viera cómo va surgiendo una fuerza poderosísima que se va haciendo más fuerte que el villano. 

Una manifestación tan potente de rechazo a lo que ocurre ante la cual los políticos de todos los partidos no puedan hacer más que escuchar. 

Comunicadores, escritores, celebridades, artistas, empresarios, financieros unidos para desatar una gran campaña contra la violencia que mueva a las personas en masa a sumarse a los pequeños esfuerzos que juntos sean infinitos, en donde todos podamos parar un segundo y saber que esto es urgente, importante y que si no hacemos algo hoy, seguirá pasando. 

Un proyecto realizado por el experto italiano en infancia, Francesco Tonucci, explicó cómo las sociedades más seguras son aquellas en las que los niños pueden ir caminando solos a sus casas desde el colegio y estar en las calles porque eso indica que hay una comunidad que los cuida, en la que los adultos son confiables y donde si algún chico de la tribu está en problemas alguien sin duda acudirá a ayudarlo. 

Mi película tendría ese final, el de un México en el que las personas después de tanto dolor han decidido decir basta y crear entornos seguros, en donde una pequeña Fátima al salir de la escuela llega a su casa porque la mujer que le tiende la mano es su protectora. 

El filme que ya no soporto es el que al terminar nos deja con el nudo en la garganta y el estómago revuelto. 

La película que tristemente no hemos podido dejar de escribir y ver en nuestras pantallas. 

¡Basta ya!

Hablar del pasado es actual

Columna publicada en El Universal.

Difiero en absoluto de quienes piensan que mirar hacia el pasado no tiene aprendizajes para la actualidad. La frase que se le ha atribuido a Confucio y Napoleón Bonaparte que dice que “aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla” no podría ser más cierta.

Últimamente he escuchado muchas quejas acerca de cómo el cine se ha volcado demasiado en explorar situaciones de otras épocas o en hacer ciertos remakes dejando al lado la modernidad. Para mí, la clave está en analizar a profundidad qué remake se está haciendo y qué tema se está revisitando.

Porque sí, Mujercitas, a pesar de haber sido escrita en 1868 por Louisa May Alcott, aún habla de muchas cosas que siguen sucediendo y de temas que son vigentes. No es extraño pues, que a pocos años del #MeToo y de que se den a conocer cifras de escándalos de cómo en el siglo XXI sigue existiendo el techo de cristal y una desigualdad salarial para las mujeres en la gran mayoría de los países del mundo, Mujercitas y esa Jo que sueña con vivir de su escritura resuene en muchas madres e hijas.

Sobra decir que el mundo está lleno de Megs, Amys, Beths y Marmees. Y lo cierto es que es bello poder ver esas historias envueltas en vestuarios y escenarios de otra época que por más lejana que esté, conecta y dice algo valioso hoy en día.

Qué decir de las películas de guerra. “¿Otra más?”, es la pregunta que he escuchado constantemente. Otra más, pero ojo, que si se trata de 1917 o de Jojo Rabbit no nos están diciendo algo nuevo sino que nos están recordando algo importante: la guerra duele, el odio destruye, los extremos son peligros. Alrededor de los días en que 1917 se estrenó en salas, la crispación entre Estados Unidos e Irán estaba llegando al límite en el que nadie descartaba el inicio de la tercera guerra mundial.

Así es que no puedo pensar en un tema más vigente y oportuno que en el de ambas películas, porque cuando las personas piensan que ya basta de hablar de Hittler, surge una película que de forma brillante nos vuelve a recordar lo que pasa con el fascismo. En una Europa cada vez más polarizada, con los gobiernos de extrema derecha ganando cada vez más terreno, es importante recordar lo que ocurre cuando estos llegan al poder.

El cine está hecho para entretenernos, sí, pero también para provocarnos la reflexión, para actuar como un espejo y plasmar lo que nos ocurre y lo que no hemos aprendido y tenemos que volver a vivir una y otra vez aunque sea a través de la ficción.

Y sí, también hay cintas que buscan la taquilla fácil, que carecen de contenido y de invención, que pueden estar disfrazadas de tecnología, de temas “actuales” y de aseveraciones superficiales. La calidad y profundidad de las mismas no tiene que ver con el año en el que se sitúan, la época que les da contexto o el tema que se está abordando sino con cómo lo hacen, hacia dónde te llevan.

En ese sentido, mirar al pasado no podría ser más progresista.

Los diseños de Chiapas toman pasarelas de NY

Entrevista publicada en El Universal

Alberto López promueve textiles artesanales; planea impulsar oficio entre niños Indígenas

Nueva York.— En plena efervescencia de la Semana de la Moda de esta capital estadounidense, el diseñador chiapaneco Alberto López llegó a la Ciudad de los Rascacielos para ofrecer algo muy poco desarrollado en la industria neoyorquina: el textil artesanal.

“Me he dado cuenta de que en Nueva York existe una gran variedad de diseñadores muy interesantes pero todo se trabaja con telas industriales, casi no hay un trabajo artesanal y es por ello que creo que mis diseños han gustado tanto y llamado la atención”, comenta el creador, quien charló en exclusiva con EL UNIVERSAL.

El encuentro se realizó en el restaurante MAD Morton, en el legendario Village de Manhattan, donde este 7 de febrero presentará sus diseños en una cena-show íntima y exclusiva. Desde que aterrizó en la Gran Manzana, Alberto ha sido muy solicitado.

Su agenda no se detiene ahí, pues el 8 de febrero presentará otro desfile en la galería René Soto, en Norwalk, Connecticut, y el 10 de febrero Alberto llegará al famoso barrio de Williamsburg, en Brooklyn, donde mostrará su colección en un entorno muy exclusivo.

“Estar en Nueva York es algo que jamás imaginé poder hacer y todavía hay muchas cosas que tengo que digerir. Pero es muy inspirador este viaje, me he dado cuenta de todas las posibilidades que hay y de todo el trabajo por hacer”, dice el originario de Aldama, Chiapas.

Asegura que lo más importante es seguir trabajando para cambiar la vida de su comunidad.

“Mi sueño es lograr abrir una especie de museo y casa de cultura en la que los niños y jóvenes aprendan diseño textil, en donde puedan profesionalizarse y mejorar sus vidas. Me encantaría lograr una mejor educación para la gente de mi entorno. Para esos niños que van a la escuela sin nada, con sus libros en la mano y descalzos, pero que a través del aprendizaje de un oficio pueden cambiar su futuro porque de ahí es de donde yo vengo. Ese es mi objetivo y lo que me mueve a hacer todo lo demás”, dice.

Algo a destacar es la gran acogida y ayuda que le ha dado al diseñador la comunidad mexicana en Nueva York. Los empresarios como Daniel Arellano Martínez, de San Bartolo Mezcal Artesanal, el productor Kwan Salazar, la artista Sandra Soto y el modelo Jaime Bajonero, todos ellos afincados en esta ciudad, han sido pieza clave para orquestar la exitosa agenda del talento chiapaneco que también estuvo presente en la sede de la Organización de las Naciones Unidas; se reunió con el cónsul de México y tiene pendiente un encuentro con Anne-Claire Legendre, la Cónsul General de Francia en Nueva York, pues en marzo próximo se espera que Alberto viaje al país galo para seguir con el proyecto de internacionalización de sus textiles.

Alberto asegura que viajar con sus diseños le ayuda a “llamar la atención hacia el potencial con que cuenta la comunidad indígena y su talento”.