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Este es el espacio de la periodista de Alejandra Musi

Aquí encontrarás un compendio de mis colaboraciones
y coberturas de festivales de cine a nivel mundial.

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  • 2020

  • Inmunidad a la venta

    Columna publicada en El Universal

    En los últimos días, los mensajes que nos llegan más allá de la pandemia son de una profunda crisis de valores que lleva décadas calando profundo en la sociedad norteamericana pero que encontró terreno fértil para hacerse patente en los tiempos en los que todo parece ser permitido, pues aquello de que nadie está sobre la ley no se ha cumplido en la actual América de las libertades cada vez más atropelladas por el mandatario estadounidense cuya inmunidad se ha blindado.

    Para darle una nueva bofetada al sistema Netflix acaba de lanzar el documental Jeffrey Epstein: Filthy Rich, en donde en cuatro episodios se puede ver la trama de abuso a menores, tráfico de adolescentes y otras tantas aberraciones que un billonario carismático logró hacer durante décadas y ante las que las más altas esferas del mundo cerraron los ojos.

    Sí, Epstein era un pedófilo, un manipulador y un criminal pero también era billonario, amigo de los Clinton, de Trump o del príncipe Andrés de York entre otros nombres de élite que lo protegieron hasta que las evidencias hicieron imposible que siguiera impune y entonces fue encarcelado en una prisión de máxima seguridad en la que se suicidó.

    Hay muchas evidencias que apuntan a que el suicidio fue en realidad un asesinato para evitar que otros poderosos cayeran, si a Epstein se le ocurría hablar, así que el meollo del asunto está en la ira que produce comprobar que la inmunidad sí se puede comprar.

    En esa misma tesitura está la indignación que ha generado la muerte del afroamericano George Floyd por la brutalidad de un policía blanco.

    Parecería un tema aislado al de Epstein pero no lo es, pues estas muertes repetidas de afroamericanos a manos de fuerzas blancas son una epidemia y un síntoma de lo que se esconde en esta sociedad en donde los más vulnerables siempre son los más desfavorecidos y en donde el discurso reinante es que está bien saltarse las normas porque al final, el que más tiene, gana.

    Y si ha habido un medio que ha mostrado este racismo que no es políticamente correcto reconocer pero que se respira en todos los ámbitos de la vida estadounidense ha sido el cinematográfico.

    Sin embargo, pese a que se han hecho grandes películas que denuncian estos abusos magistralmente Hollywood también ha sido parte de este cáncer que carcome a la sociedad y por ello no debe extrañar que, aunque haya muchos famosos que desde sus redes sociales se manifiesten en contra de lo ocurrido o pongan sus perfiles en negro, sus colegas les repliquen con otro tuit preguntando qué más van a hacer para terminar con el racismo.

    Algunos como Jane Fonda ya se han puesto manos a la obra movilizando sus influencias, otros como Steve Carrell o Cynthia Nixon han pagado las fianzas de los manifestantes encarcelados.

    Pero la pregunta desesperada que aún está sin responder es, ¿qué más vamos a hacer, como sociedad y personas? La única respuesta que parece unánime y no discrimina es: votar.

  • Por las calles de Nueva York

    Es verdad que un día todo habrá pasado, que miraremos hacia atrás y recordaremos estos días como si hubieran sido una película en la que pusieron pausa a nuestros planes, a lo que falsamente conocíamos como seguro y de pronto se nos volvió tan frágil.

    Será el momento en el que por fin podremos descifrar lo que estábamos viviendo y encontraremos los por qué pero mejor aún, los para qué. Y esas calles desiertas que se han convertido en el día a día de ciudades como Nueva York parecerán el set de una película inquietante.

    Pero mientras eso ocurre estaba cansada de sólo mirar por la ventana e imaginar cómo era la 5ª Avenida sin gente, qué decir de Times Square, el lugar que llevaba años evitando por fobia a las multitudes.

    Así que la tarde de un viernes de abril de este 2020 hice el recorrido que apenas dos meses antes hubiera sido una locura hacer ese día y a esas horas con un coche por el tráfico infernal habitual. Llevaba hablando de lo que es esta ciudad desierta durante semanas con lo poco que podía imaginar porque también estaba encerrada. Hasta que me harté y decidí verle los ojos a la pandemia de una vez por todas.

    Confieso que iba con miedo: “las patrullas te pueden parar al momento de circular por ahí, habrá muchas calles cerradas”, me decían los amigos.

    No me importó. Bordeé toda la ciudad por el río desde el oeste de Harlem hasta Battery Park y al llegar a la calle sesenta por el lado este de Manhattan, empecé a callejear hasta toparme con Central Park para de ahí bajar por la Quinta y girar a la derecha en la calle cuarenta y dos.

    Y sí, no tardé en comprobar que las postales de Twitter, de los drones, de las imágenes de las noticias a las que se empezaba a acostumbrar mi retina eran ciertas. No había nadie en Central Park, Rockefeller Center estaba vacío y las luces de Broadway que continuaban encendidas eran lo único de afuera que recordaba el bullicio cotidiano.

    Sin embargo, de forma inesperada, la sensación que me traje en la piel es que la ciudad está llena de viva. Cientos de luces en los edificios, aplausos en los balcones, gente corriendo al lado del río a pesar del sofoco que producen las mascarillas. Sí me encontré policías, muchos, pero no me miraron, iba rodeada de otros coches que como yo, circulaban libremente por la calle sin restricciones. “Seguimos teniendo libertad”, pensé, y comprobar eso no fue poca cosa, fue todo.

    También darme cuenta de que lo que nadie te dice cuando toma esas imágenes de las calles desiertas es que lo que se ve en la foto no es lo que se siente al estar ahí, porque al menos para mí, todo vibraba. Con impaciencia, sí, pero con esperanza, también. Ahora, cuando veas una postal con los ojos de la pandemia y te estremezca te dejo también esta sensación: las ciudades respiran.

    Porque muchos ojos están mirando esa misma plaza vacía o esa misma calle en la que antes era difícil transitar sin acelerar el paso para esquivar a los tumultos.

    Están ahí y lo hacen desde las ventanas y sueñan y se emocionan. Como tú.

  • Premian la fotografía de Alejandro Mejía en TriBeca

    Información publicada en El Universal

    Muestra en la cinta 499 cómo es hoy la ruta que los conquistadores tomaron en 1521

    Nueva York.— Ganar un premio como el que Alejandro Mejía recibió en TriBeCa es de las mayores satisfacciones que un cinematógrafo puede tener en su carrera.

    Sin embargo, a Mejía le tocó recibir este galardón de forma virtual, como todo lo que sucede en la ciudad de los rascacielos y en el mundo desde que explotó la pandemia.

    Este premio le llegó por su trabajo en la película 499, dirigida por otro compatriota, Rodrigo Reyes.

    La cinta no se pudo presentar en el gran teatro como estaba planeado y jurado y prensa la tuvieron que ver desde las pantallas de sus computadoras.

    TriBeCa tuvo que optar por el mundo virtual para llevarse a cabo. Al realizarse en abril, en pleno brote del coronavirus en Nueva York, tuvo que tomar el riesgo de ser uno de los primeros festivales en optar por el mundo virtual para llevarse a cabo.

    “Fueron momentos de confusión y un poco de decepción. Llevábamos meses soñando con el momento de presentar la película en las salas neoyorquinas, con podernos reunir aquí el equipo y de pronto todo cambió”, contó desde su departamento en Brooklyn el cineasta que ha seguido el confinamiento y que tuvo que celebrar su premio en una fiesta en zoom con su equipo, amigos y familia.

    “Ha sido una sensación rara porque te hace falta la retroalimentación del público, el ver cómo es recibida la cinta, las reacciones. Nunca imaginé que el día que ganara un premio tan importante, si llegaba el momento, lo recibiría enterándome por un e-mail y la nota online de una revista.

    “El que todo esté tranquilo hizo que se vieran películas que de otra forma no se apreciarían”, apuntó el mexicano que fotografió con sutileza y maestría la llegada de un conquistador al México de 2018 para comprobar que el país está sumido en la violencia. “Es una película única en la que combinamos ficción con documental”.

  • Cultura en tiempos de pandemia

    Columna publicada en El Universal

    ¿Qué pasaría si no hubiera música, películas, libros y arte a los cuales recurrir en estos días de cuarentena?, es una pregunta que he visto circular constantemente por las redes sociales.

    No puedo imaginarme un encierro como el que estamos viviendo sin esos escapes. Y, sin embargo, aún se sigue poniendo en tela de juicio la importancia de no dejar que la cultura muera, de rescatar las salas de cine que posiblemente cerrarán en muchas ciudades del mundo y de lo fundamental de las ayudas para no asfixiar a nuestros artistas, esas personas que nos regalan la posibilidad de explorar otros mundos, de visitar distintas realidades y lo más importante, de reflexionar.

    Hace unas semanas el cineasta británico Christopher Nolan, director de Dunkirk, le escribió una carta al Congreso de Estados Unidos en la que le imploraba que no dejara de ayudar a la industria cinematográfica más potente del mundo.

    “Cuando esta crisis pase, la necesidad de la participación colectiva humana, la necesidad de vivir, amar, reír y llorar juntos, será más poderosa que nunca”, apuntaba en la carta abierta que le publicó el diario The Washington Post.

    Y es que es en los momentos de crisis como éstos en donde lo esencial empieza a dejar de ser invisible y se manifiesta con claridad ante nuestros ojos. Como la gran necesidad de mantener vivo al periodismo objetivo, veraz y ético. De contar con fuentes, cronistas y buscadores de la realidad que nos transmitan lo que está pasando sin filtros políticos o económicos, en dónde la profesión vuelve a recobrar su pulso vital tan desgastado y golpeado por la hiper información a la que estamos expuestos con la tecnología.

    Siempre he sido una romántica de esta profesión, una fiel creyente de que sólo a través de una escritura limpia, curtida a base de esfuerzo y honestidad, se pueden combatir a grandes enemigos como el ego de los mandatarios, las trampas de los poderosos o los discursos masivos dictados por las agendas interesadas.

    Y es en momentos de esta zozobra cuando el periodismo más puro se vuelve esencial para respirar y encontrar los caminos, para acompañar a los líderes que logran tomar las riendas y vigilar a los que las sueltan. Para ser ese cuarto poder que regula los gritos de los que mandan y darle la voz a los más indefensos.

    También para eso está la cultura, para darnos oxígeno y recordarnos que somos más fuertes de lo que pensábamos, para vernos reflejados en esos héroes y en esas víctimas, para reírnos muy fuerte cuando al corazón lo están apretando demasiado o ayudar a que fluyan esas lágrimas que se han secado de tanto retenerlas ¿Quién no se ha refugiado en las historias o en la música estos días? ¿Quiénes han estado ahí para contarnos lo que está ocurriendo más allá de nuestras cuatro paredes de confinamiento?

    Cuando todo pase y volvamos a las prisas del día a día no olvidemos lo que se nos reveló como esencial y no dejemos de protegerlo porque de otra forma no habremos aprendido nada y, cuando llegue la siguiente pandemia, seremos más vulnerables.