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Este es el espacio de la periodista de Alejandra Musi

Aquí encontrarás un compendio de mis colaboraciones
y coberturas de festivales de cine a nivel mundial.

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  • 2020

  • El muro de la alfombra roja

    Columna publicada en El Universal

    Todas las miradas del mundo cinematográfico esperaban con ansia ver las primeras imágenes de la Muestra veneciana, el festival más antiguo del planeta, cuya edición número 77 es un milagro que se esté celebrando estos días.

    Mascarillas obligatorias, geles desinfectantes por doquier, asientos en las salas de proyección reservados con antelación a través de una app para que se mantengan las distancias de seguridad y cientos de periodistas que no pudieron viajar y ser acreditados para cubrir esta edición como me ocurrió a mí, que después de 20 años siendo testigo de esta Mostra, no se me permite la entrada a Italia por vivir en Estados Unidos y estar considerado uno de los países con más alto riesgo de Covid19.

    Algo impensable cuando el corazón de los festivales internacionales es precisamente la multiculturalidad.

    Los festivales son el lugar en el que se reúnen personas de todo el mundo para embarcarse juntas durante los días en el que el sitio común es la butaca de las grandes salas en las que las historias unen a todos los que ahí nos congregamos para contarle al mundo en qué están pensando los creadores, qué nuevas formas de narrar se han explorado, qué cuentos nos sacudieron y qué nos sigue emocionando.

    Y este año las imágenes que llegan desde Venecia tomadas por los colegas que sí lograron poner un pie en el Lido son espejo de lo que estamos viviendo en otros rincones, pues al final la burbuja de los festivales, con sus microcosmos, se convierten en una muestra bastante certera de lo universal.

    Y es que ver las filas para entrar a la proyección de la nueva película de Almodóvar casi vacías, el Palazzo del Cinema con eco el día de la inauguración o la alfombra roja bordeada por un gran muro para evitar que los curiosos y fans se aglomeren ahí para saludar a sus estrellas es una metáfora de lo que nos ha traído la pandemia: lo inimaginable.

    Pero, como bien declaró en el arranque de la Muestra Cate Blanchett, la actriz australiana que este año funge como presidenta del Jurado más femenino en la historia veneciana: “Contra viento y marea, contra el virus y con mascarilla, la Mostra más antigua del mundo sigue viva y estamos aquí”.

    Y es que este año no se trata de ver grandes estrellas desfilar por la alfombra roja, ni siquiera de las películas que compiten sino de salvar el cine, las salas, el acto comunitario de experimentar arte juntos, de lograr que una industria que está en plena transformación logre sobrevivir a esta crisis sin precedentes que no vio venir porque sus batallas estaban centradas en lograr movilizar a las personas a las salas que de forma inesperada se tuvieron que cerrar.

    El que siga habiendo un festival que se haya levantado las enaguas de sus 77 años de experiencia y prestigio, y logrado adaptarse a los tiempos que corren, en realidad se trata de que ese gran muro en la alfombra roja de Venecia que hoy divide a la gran audiencia de la experiencia cinematográfica no se quede instalado para siempre en nuestras mentes.

  • Lo imperdonable de Ellen DeGeneres

    Columna publicada en El Universal

    Es indignante lo que ocurrió alrededor de la productora de The Ellen DeGeneres show, pues le arrebató al público la idea del personaje extraordinario que representaba la lucha por la igualdad

    El caso de Ellen DeGeneres —una de las presentadoras más amadas de EU que últimamente ha caído en desgracia tras las acusaciones de abusos, racismo y acoso en su famoso programa The Ellen DeGeneres show— ha sido uno de los más decepcionantes que han seguido los medios de todo el mundo del entretenimiento.

    Lo que ha ocurrido dentro de su productora, en la que se suponía se creaba un proyecto cuya misión era generar felicidad es indignante.

    Era una mujer que luchaba por la diversidad, una figura solidaria que actuaba como catalizador en la sociedad mega capitalista de EU y que salió con valentía del armario para abrirle camino a otras celebridades que temían hacerlo y que luchó por los derechos de la comunidad LGTB.

    En los casi 17 años que duró su programa no hubo figura que no se sentara en su butaca de entrevistados: fue desde Barack Obama hasta Brad Pitt, pasando por otra de las mujeres más influyentes de América, Oprah Winfrey. La lista es infinita.

    Pero no, resulta que todo era un espejismo, una perfecta maquinaria de mercadotecnia para crear el personaje de esta mujer humanitaria y cercana que generaba una fortuna con su show, cientos de empleos y de intereses, empezando por los de ella misma que con este personaje cobraba un sueldo de 50 millones de dólares anuales.

    La realidad, se descubrió, es que tras bambalinas Ellen era una jefa prepotente, ambiciosa, caprichosa y abusiva.

    Que sus empleados callaron durante mucho tiempo por miedo a las represalias y a que la opinión pública nunca hubiera querido creer la realidad, pues renunciar a lo que Ellen nos vendía es muy duro.

    Darse cuenta de que esa persona que te hace reír y que el mundo parezca un poco más amable es mentira enoja porque quizá lo más grave de todo esto es la decepción que queda tras descubrir, otra vez más, que no podemos creer en nadie y que el final feliz no existe.

    Por ello es que la posible renuncia de Ellen sabe a poco en medio de todo el escándalo, porque aunque haya un cierto dejo de justicia al saber que se tendrá que someter al escrutinio público, que perderá privilegios y que del amor pasará al odio como ha sucedido con tantas otras estrellas a quienes la verdad los ha alcanzado, el daño es irreparable porque el mensaje que ha dejado es el de que no existen las buenas intenciones en el mundo de los reflectores y nos quita el pequeño espacio que nos quedaba para darle cabida a la ingenuidad, a pensar que tal vez existía alguien que cuando todo se ponía oscuro, nos hacía reír y recordar que hay lugares felices. Que DeGeneres nos haya arrebatado a Ellen es imperdonable.

  • Profecías del cine que nos alcanzaron

    Columna publicada en El Universal

    Es abrumadora la cantidad de veces que la realidad supera a la ficción. El coronavirus ha despertado esa sensación más que nunca.

    Cuántas veces vimos en una película futurista la amenaza de una pandemia y nos parecía una locura lejana. Y ya está aquí.

    Imposible que al escribir estas líneas no me vengan a la mente otras historias como la de Children of men, dirigida por Alfonso Cuarón, en donde la humanidad empieza a ver desaparecer sus fronteras de forma abrumadora para los imperios y estos reaccionan enjaulando a los inmigrantes “ilegales” ¿Les suena? Cuando la vimos por primera vez en Venecia en 2006 era eso, una película de ciencia ficción.

    Y hoy, de tanto que hemos escuchado estas historias de niños “ilegales” enjaulados por cruzar la frontera, han dejado de ser noticia.

    Entrecomillo el término porque estoy de acuerdo en que ningún ser humano que pise otra tierra es ilegal.

    En esta tesitura llega un filme a las pantallas que vuelve a estremecer la conciencia al ver lo bien que refleja la realidad.

    Se trata de Waiting for the barbarians (Esperando a los bárbaros), basado en la novela homónima de J.M. Coetzee y dirigida por Ciro Guerra. Sí, el director colombiano al que también ha salpicado el #MeToo y cuyo estreno de esta cinta protagonizada por Johnny Depp y Robert Pattinson le llega en medio de la polémica y el desprestigio de ser catalogado como un presunto abusador sexual.

    Recalco la presunción de este delito, pues aún no ha habido un juicio y hasta el momento todas las denuncias que acaban de salir a la luz hace escasas semanas se están investigando.

    Independientemente a ello y en espera de que el peso de la justicia caiga en donde tenga que ser, la cinta merece la pena pues es una metáfora exacta de lo que ocurre en nuestras fronteras con Estados Unidos.

    El filme habla del peligro de poner en la mente de las personas y de los ejércitos un enemigo imaginario, inexistente, que causa tanto temor y la gente se cree como real para acabar provocando las peores guerras, masacres y violencia pero que al mismo tiempo sirve para fortalecer al imperio que al medirse con ese enemigo que siente que controla se erija poderoso.

    El año pasado, cuando esta cinta se estrenó en el Festival de Venecia, el propio Guerra me recalcó que esta historia, aunque se sitúe en otra época, es una historia de ahora y que el discurso xenófobo es siempre el mismo y responde a la idéntica y bárbara costumbre de sobrevivir de los imperios, de todos ellos.

    Cuando Trump intenta culpar a los mexicanos de los contagios imparables de coronavirus en Texas hace este ejercicio, igual que Depp o Pattinson lo hacen al llegar a esa tierra que se sitúa precisamente en una frontera colonial imaginaria al borde del desierto y justo en el límite del imperio.

    Y no son coincidencias, tampoco es que los escritores y directores sean videntes, sólo son personas que miran, indagan, escuchan, que vuelven a la Historia, sí, la Historia con H mayúscula que nos revela todo lo que fuimos y lo que, si no hemos aprendido la lección, volveremos a ser.

  • Aprender a saborear las películas

    Columna publicada en El Universal

    Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.

    En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las películas nada más terminar de verlas.

    Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión, un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando varias noches al final te hizo clic.

    Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que si le puedo explicar por qué es tan buena.

    Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del proceso de digerirla. La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el desconcierto al final.

    Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.

    Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo en las salas y tener la misma experiencia.

    Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.

    Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las historias nos toquen, nos cambien.

    No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de entretener también es muy válida, pero que no son comparables.

    Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.

    Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.

    Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.