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Este es el espacio de la periodista de Alejandra Musi

Aquí encontrarás un compendio de mis colaboraciones
y coberturas de festivales de cine a nivel mundial.

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  • 2020

  • Profecías del cine que nos alcanzaron

    Columna publicada en El Universal

    Es abrumadora la cantidad de veces que la realidad supera a la ficción. El coronavirus ha despertado esa sensación más que nunca.

    Cuántas veces vimos en una película futurista la amenaza de una pandemia y nos parecía una locura lejana. Y ya está aquí.

    Imposible que al escribir estas líneas no me vengan a la mente otras historias como la de Children of men, dirigida por Alfonso Cuarón, en donde la humanidad empieza a ver desaparecer sus fronteras de forma abrumadora para los imperios y estos reaccionan enjaulando a los inmigrantes “ilegales” ¿Les suena? Cuando la vimos por primera vez en Venecia en 2006 era eso, una película de ciencia ficción.

    Y hoy, de tanto que hemos escuchado estas historias de niños “ilegales” enjaulados por cruzar la frontera, han dejado de ser noticia.

    Entrecomillo el término porque estoy de acuerdo en que ningún ser humano que pise otra tierra es ilegal.

    En esta tesitura llega un filme a las pantallas que vuelve a estremecer la conciencia al ver lo bien que refleja la realidad.

    Se trata de Waiting for the barbarians (Esperando a los bárbaros), basado en la novela homónima de J.M. Coetzee y dirigida por Ciro Guerra. Sí, el director colombiano al que también ha salpicado el #MeToo y cuyo estreno de esta cinta protagonizada por Johnny Depp y Robert Pattinson le llega en medio de la polémica y el desprestigio de ser catalogado como un presunto abusador sexual.

    Recalco la presunción de este delito, pues aún no ha habido un juicio y hasta el momento todas las denuncias que acaban de salir a la luz hace escasas semanas se están investigando.

    Independientemente a ello y en espera de que el peso de la justicia caiga en donde tenga que ser, la cinta merece la pena pues es una metáfora exacta de lo que ocurre en nuestras fronteras con Estados Unidos.

    El filme habla del peligro de poner en la mente de las personas y de los ejércitos un enemigo imaginario, inexistente, que causa tanto temor y la gente se cree como real para acabar provocando las peores guerras, masacres y violencia pero que al mismo tiempo sirve para fortalecer al imperio que al medirse con ese enemigo que siente que controla se erija poderoso.

    El año pasado, cuando esta cinta se estrenó en el Festival de Venecia, el propio Guerra me recalcó que esta historia, aunque se sitúe en otra época, es una historia de ahora y que el discurso xenófobo es siempre el mismo y responde a la idéntica y bárbara costumbre de sobrevivir de los imperios, de todos ellos.

    Cuando Trump intenta culpar a los mexicanos de los contagios imparables de coronavirus en Texas hace este ejercicio, igual que Depp o Pattinson lo hacen al llegar a esa tierra que se sitúa precisamente en una frontera colonial imaginaria al borde del desierto y justo en el límite del imperio.

    Y no son coincidencias, tampoco es que los escritores y directores sean videntes, sólo son personas que miran, indagan, escuchan, que vuelven a la Historia, sí, la Historia con H mayúscula que nos revela todo lo que fuimos y lo que, si no hemos aprendido la lección, volveremos a ser.

  • Aprender a saborear las películas

    Columna publicada en El Universal

    Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.

    En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las películas nada más terminar de verlas.

    Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión, un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando varias noches al final te hizo clic.

    Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que si le puedo explicar por qué es tan buena.

    Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del proceso de digerirla. La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el desconcierto al final.

    Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.

    Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo en las salas y tener la misma experiencia.

    Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.

    Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las historias nos toquen, nos cambien.

    No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de entretener también es muy válida, pero que no son comparables.

    Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.

    Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.

    Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.

  • Inmunidad a la venta

    Columna publicada en El Universal

    En los últimos días, los mensajes que nos llegan más allá de la pandemia son de una profunda crisis de valores que lleva décadas calando profundo en la sociedad norteamericana pero que encontró terreno fértil para hacerse patente en los tiempos en los que todo parece ser permitido, pues aquello de que nadie está sobre la ley no se ha cumplido en la actual América de las libertades cada vez más atropelladas por el mandatario estadounidense cuya inmunidad se ha blindado.

    Para darle una nueva bofetada al sistema Netflix acaba de lanzar el documental Jeffrey Epstein: Filthy Rich, en donde en cuatro episodios se puede ver la trama de abuso a menores, tráfico de adolescentes y otras tantas aberraciones que un billonario carismático logró hacer durante décadas y ante las que las más altas esferas del mundo cerraron los ojos.

    Sí, Epstein era un pedófilo, un manipulador y un criminal pero también era billonario, amigo de los Clinton, de Trump o del príncipe Andrés de York entre otros nombres de élite que lo protegieron hasta que las evidencias hicieron imposible que siguiera impune y entonces fue encarcelado en una prisión de máxima seguridad en la que se suicidó.

    Hay muchas evidencias que apuntan a que el suicidio fue en realidad un asesinato para evitar que otros poderosos cayeran, si a Epstein se le ocurría hablar, así que el meollo del asunto está en la ira que produce comprobar que la inmunidad sí se puede comprar.

    En esa misma tesitura está la indignación que ha generado la muerte del afroamericano George Floyd por la brutalidad de un policía blanco.

    Parecería un tema aislado al de Epstein pero no lo es, pues estas muertes repetidas de afroamericanos a manos de fuerzas blancas son una epidemia y un síntoma de lo que se esconde en esta sociedad en donde los más vulnerables siempre son los más desfavorecidos y en donde el discurso reinante es que está bien saltarse las normas porque al final, el que más tiene, gana.

    Y si ha habido un medio que ha mostrado este racismo que no es políticamente correcto reconocer pero que se respira en todos los ámbitos de la vida estadounidense ha sido el cinematográfico.

    Sin embargo, pese a que se han hecho grandes películas que denuncian estos abusos magistralmente Hollywood también ha sido parte de este cáncer que carcome a la sociedad y por ello no debe extrañar que, aunque haya muchos famosos que desde sus redes sociales se manifiesten en contra de lo ocurrido o pongan sus perfiles en negro, sus colegas les repliquen con otro tuit preguntando qué más van a hacer para terminar con el racismo.

    Algunos como Jane Fonda ya se han puesto manos a la obra movilizando sus influencias, otros como Steve Carrell o Cynthia Nixon han pagado las fianzas de los manifestantes encarcelados.

    Pero la pregunta desesperada que aún está sin responder es, ¿qué más vamos a hacer, como sociedad y personas? La única respuesta que parece unánime y no discrimina es: votar.

  • Por las calles de Nueva York

    Es verdad que un día todo habrá pasado, que miraremos hacia atrás y recordaremos estos días como si hubieran sido una película en la que pusieron pausa a nuestros planes, a lo que falsamente conocíamos como seguro y de pronto se nos volvió tan frágil.

    Será el momento en el que por fin podremos descifrar lo que estábamos viviendo y encontraremos los por qué pero mejor aún, los para qué. Y esas calles desiertas que se han convertido en el día a día de ciudades como Nueva York parecerán el set de una película inquietante.

    Pero mientras eso ocurre estaba cansada de sólo mirar por la ventana e imaginar cómo era la 5ª Avenida sin gente, qué decir de Times Square, el lugar que llevaba años evitando por fobia a las multitudes.

    Así que la tarde de un viernes de abril de este 2020 hice el recorrido que apenas dos meses antes hubiera sido una locura hacer ese día y a esas horas con un coche por el tráfico infernal habitual. Llevaba hablando de lo que es esta ciudad desierta durante semanas con lo poco que podía imaginar porque también estaba encerrada. Hasta que me harté y decidí verle los ojos a la pandemia de una vez por todas.

    Confieso que iba con miedo: “las patrullas te pueden parar al momento de circular por ahí, habrá muchas calles cerradas”, me decían los amigos.

    No me importó. Bordeé toda la ciudad por el río desde el oeste de Harlem hasta Battery Park y al llegar a la calle sesenta por el lado este de Manhattan, empecé a callejear hasta toparme con Central Park para de ahí bajar por la Quinta y girar a la derecha en la calle cuarenta y dos.

    Y sí, no tardé en comprobar que las postales de Twitter, de los drones, de las imágenes de las noticias a las que se empezaba a acostumbrar mi retina eran ciertas. No había nadie en Central Park, Rockefeller Center estaba vacío y las luces de Broadway que continuaban encendidas eran lo único de afuera que recordaba el bullicio cotidiano.

    Sin embargo, de forma inesperada, la sensación que me traje en la piel es que la ciudad está llena de viva. Cientos de luces en los edificios, aplausos en los balcones, gente corriendo al lado del río a pesar del sofoco que producen las mascarillas. Sí me encontré policías, muchos, pero no me miraron, iba rodeada de otros coches que como yo, circulaban libremente por la calle sin restricciones. “Seguimos teniendo libertad”, pensé, y comprobar eso no fue poca cosa, fue todo.

    También darme cuenta de que lo que nadie te dice cuando toma esas imágenes de las calles desiertas es que lo que se ve en la foto no es lo que se siente al estar ahí, porque al menos para mí, todo vibraba. Con impaciencia, sí, pero con esperanza, también. Ahora, cuando veas una postal con los ojos de la pandemia y te estremezca te dejo también esta sensación: las ciudades respiran.

    Porque muchos ojos están mirando esa misma plaza vacía o esa misma calle en la que antes era difícil transitar sin acelerar el paso para esquivar a los tumultos.

    Están ahí y lo hacen desde las ventanas y sueñan y se emocionan. Como tú.